Fernanda García Lao: «Quería hacer crecer pasados y futuros en un lugar no habitual que es el duelo»

Una historia rota por la muerte y contada así, rota. Estación Saturno (Fernanda García Lao, Candaya) es una ruptura del tiempo, del espacio, de la estructura, de la lógica narrativa. Los planos de las coordinadas básicas saltan en mil pedazos y se recomponen a través de las historias falsas o no de sus personajes, a través del agua, a través de las necesidades básicas llevadas al extremo de la irrealidad y de los sueños. En Itinerancias, hemos conversado con Fernanda García Lao sobre su Estación Saturno.

¿Para qué romper el tiempo?

Creo que cuando uno empieza a escribir, comienza a descubrir el problema del tiempo, porque uno se enfrenta primero a las decisiones más básicas, esto dónde ocurre, en qué presente, en qué pasado, y hacia dónde, en qué dirección, la trayectoria del objeto que estás trabajando. Son las coordenadas básicas, tiempo, espacio y personajes.

Me gusta ponerlas en primer plano y a partir de ahí pensar en complejizar al máximo el asunto del tiempo, no trabajar con la linealidad característica del cronos, sino hacer crecer pasados y futuros en un lugar que no es el habitual, que es el lugar del duelo. El que está en duelo es asaltado por los pasados de quien ha fallecido y los futuros que se han cancelado con esa desaparición.

Y, por otro lado, está el asunto de la memoria, que está unida al tiempo. Cuánto tiempo duran nuestras referencias políticas y familiares y personales es uno de los asuntos también a pensar. En un país tan desmemoriado como Argentina, que vuelve a tropezar en los mismos vicios, y lo mismo España, que me parece que es como una herida que también tiene con relación a su propio pasado. Ahí están las cosas que no se han resuelto, que se vuelven a presentar, como estos fantasmas, pero no fantasmas de sábana, sino de sentido.

Esta ruptura de planos, que se repite también en los espacios, mantiene una estrecha relación con todo lo visual. Está muy próximo al cine, pero también a la novela gráfica o incluso, a la performance. Es una novela que puedes ver, pero también sentir, oler.

Sí, quería mostrar también estos escenarios simultáneos, estos no lugares por los que atraviesan los hermanos, como una estación de tren, una estación de servicio y un hotel, que son lugares impropios, y lugares que además también tienen sus propios fantasmas de sentido: la estación de tren que ha sido desmantelada, la estación de servicio donde desaparece el gato, como si fuera también un lugar medio umbral a este otro universo que van a encontrar más tarde, y este hotel donde también están trastocados los principios básicos de la física de arriba a abajo.

Y donde hay una sensación de estar en un objeto que está proyectado, donde se tapan los oídos, donde la lluvia también parece ser manejada por algunos controles, y donde se prometen avistamientos, y lo que se logran son algunas humillaciones.

Y al final lo que consigues es esa sensación de fuera de la realidad que es en la que nos encontramos en un proceso de duelo.

Sí, y también te la da el viaje. Estar en una situación de duelo, de viaje, es como que estar fuera, fuera del tiempo, fuera de la realidad.

Lo consigues con efectos sensoriales atravesados por un elemento clave en el libro: el agua.

Está todo el tiempo lloviendo y viste que la lluvia también es un modo de dolerse el clima. Los limpiaparabrisas generan un ritmo, una sensación. Ellos dicen esto es como una pecera al revés, porque ellos están adentro y el agua afuera. Pero bueno, sí, es todo el tiempo como una exploración de cada uno de estos escenarios que se van percibiendo de un modo diferente y en una tercera persona bastante distante, de algún modo.

En esta ruptura de planos, en ese ambiente acuoso, genera una cierta sensación de encierro, de no poder escapar. Se muestra a los personajes atrapados en ese hotel que es casi como la parada de los monstruos, donde no hay tiempo ni hay lugar.

Sí, es bastante claustrofóbica. Es así desde el primer momento, ya en el auto, en una ruta sin fin, una ruta de estas interminables, en línea recta, y la incomodidad de estar con un hermano con el que no hay nada en común, ni siquiera la palabra, y el cuerpo del otro le molesta a cada uno. Y están ahí con lo último que ha quedado del muerto, que es su gato, que es también perder la herencia, porque hay algo de eso también, que es por un lado personal y por otro lado político, si es que son dos lados diferentes.

Están los hermanos, sin nombre, sostenidos por un fino hilo familiar construido sobre su memoria, que conocemos a través de su interacción con esos otros personajes extravagantes, entre la realidad y el invento. Son personajes, por otra parte, irreales.

Me encanta recordar que es un artificio, que es ficción. No quiero emular a seres que conozca o que existan, sino que tomo con algunas pinceladas más bien comportamientos, y comportamientos falseados también por la labor que desempeñan ahí adentro, en ese hotel, donde todos hacen de otros y nadie es quien dice ser.

Fernanda García Lao nació en Mendoza (Argentina), aunque vivió en España desde 1976 hasta 1993. Es narradora, dramaturga y poeta. Ha publicado las novelas Muerta de hambre (Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes), La perfecta otra cosa, La piel dura, Vagabundas, Fuera de la jaula, y los libros de cuentos Cómo usar un cuchillo y El tormento más puro. Ha escrito también los libros de poesía Carnívora y Dolorosa. En coautoría con Guillermo Saccomanno ha publicado la novela erótica Amor invertido y el libro de relatos Los que vienen de la noche. En Candaya ha publicado el más reciente Estación Saturno, además de Teoría del tacto, Sufuro y Nación vacuna. Algunos de sus textos han sido traducidos al francés, al portugués, al inglés, al sueco y al griego.

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