Ajeno

F. Llorens, antes Tzvi, salió corriendo del lugar. En la mano derecha sufría el roce amargo de aquel papel cargado con su firma. Continuó la carrera. Creía que los pasos podrían borrar el pecado que ahora le quemaba los dedos.

El entramado de los callizos se convirtió en el cómplice perfecto para su delito, en un abrazo amigo que le atravesó hasta sentirlo circulando por su ser. Nunca podría abandonarlo. Estrujó el papel, se cercioró de su existencia y corrió, loco. Cruzó las calles del hospital, el Talmud-Torah y la alcaicería. Para cuando alcanzó la sinagoga de Bicorolim,  su alma entera había ardido, entregada al otro Dios, el único, ahora, que le permitiría vivir en este lugar del mundo.