Es el escritor de la memoria y del paisaje habitado, del territorio herido, del viaje en calma, de la búsqueda. Desde Luna de lobos o La lluvia amarilla hasta su recién publicado El viaje de mi padre (Alfaguara), pasando por obras cumbre como El río del olvido o Distintas formas de mirar el agua, Julio Llamazares escribe contra el olvido, para preservar el pasado, para imaginar el futuro.
Hay palabras que atraviesan tu obra, que son constantes. Podríamos citar memoria, olvido, silencio, paisaje, herida o fractura, vacío, viaje, trayecto, origen y fin, contar o narrar, observar, encontrar la vivencia del otro, pérdida, desaparición, la vida entre la muerte, la búsqueda. ¿Cuál crees que te define mejor?
No sabría decirte cuál elegiría porque creo que todas que me representan. Cualquiera de ellas serviría para definirme, o mejor todas juntas.
Podríamos encontrar entonces una frase que engarzara esas palabras, algo así como “el paisaje roto que se encuentra en un trayecto que tiene un origen, no necesariamente un fin, en el que surge vida frente a la violencia de la pérdida”. ¿Podríamos encontrar cierto optimismo dentro de esa ruptura, de esas heridas del paisaje?
Si alguna virtud tengo como escritor, y no soy el más indicado para señalarla, es la coherencia. Hay una coherencia, una cohesión emocional y literaria, incluso ideológica en todo lo que he escrito a lo largo de mi vida. Y esa coherencia y esa cohesión tienen que ver con mi sentido de la vida y con mi forma de entender la escritura y la literatura.
Como decía Machado, “se canta lo que se pierde”. Escribimos de la pérdida y escribimos contra el olvido, escribimos para salvar cosas del paso del río del olvido, del paso del tiempo. Ese es el móvil principal para mí de la literatura. Escribimos intentando amortiguar las pérdidas y salvar lo que podamos del olvido y del paso del tiempo. Escribir es una lucha contra el olvido.
Ahí también hay una búsqueda.
Hay una pérdida y una búsqueda en todo lo que yo escribo. Es una búsqueda además que tiene su origen en el sentimiento de pérdida del tiempo, o de las personas, o de los lugares. Esa búsqueda tiene que ver con el intento de encontrar consuelo a la pérdida continua que es la vida. Es una forma de consuelo y de compasión con los demás.
Y ¿cómo encaja la memoria en todo esto? ¿Recordar es también una necesidad?
Recordar es inevitable, no sólo es una necesidad sino que es algo inevitable. La memoria es la identidad de la persona, de los pueblos, de los países. La memoria es lo que nos define y por eso yo no recibo la literatura sin otra sustancia, sin otra materia en la que apoyarse y de la que surgir. Si luchamos contra el olvido, luchamos a partir de la memoria y por eso para mí es tan importante. Para mí y para todo el mundo, creo.
Lo que pasa es que hay mucha gente que no es consciente de ello e, incluso, la desprecia por comodidad o por miedo a enfrentarse a la realidad. Si algo somos las personas es memoria. El Alzheimer, que es la enfermedad más terrible que existe, lo es porque anula la personalidad. Y una vez anulada la personalidad, un cuerpo sin alma es un muñeco, es un autómata. Eso sirve para las personas y para los pueblos: quien pierde la memoria camina hacia la nada.
España no se caracteriza precisamente por recordar o sí que recuerda pero no lo quiere contar. De hecho hay muchas historias silenciadas en nuestra Historia reciente.
Este es un país que ha sufrido de desmemoria por diferentes motivos. Es un país que está lleno de silencios y de secretos y de tabúes y de mitos negativos. Arrastramos ese déficit de memoria y ese déficit de conocimiento que explica muchos de los comportamientos de determinadas personas o parte de la sociedad en el momento presente. Si no sabemos lo que ha ocurrido, mal podemos saber el camino que hemos recorrido y el camino que recorreremos. Decía el historiador americano Finley, que “la historia no sirve tanto para conocer el pasado como para imaginar el futuro”.
Y para enfrentar el presente, ¿no?
Y para valorar, tener una perspectiva. La gente que no sabe cómo se vivía en los pueblos de España o en las ciudades hace 40 años hace afirmaciones absolutamente insostenibles o inverosímiles sobre el momento presente. La gente que dice que antes, hace 40 ó 90 años, desde el punto de vista material, se vivía mejor es porque no sabe cómo se vivía entonces, cómo eran las condiciones de vida de las personas y de los lugares en ese momento. Yo soy de la idea de que cualquier tiempo pasado fue peor, salvo porque éramos más jóvenes.
¿Hay un imaginario idealizado, romantizado del medio rural?
Por un lado, hay una mirada romántica del medio, del mundo rural y por otro lado, hay una mirada paternalista, o bien de compadecerse del mundo rural o bien de despreciarlo. Al mundo rural le pasa lo que a la Historia de España, que hay mucho desconocimiento sobre él. Y por eso uno escucha o lee las cosas que escucha y lee. O los comportamientos que ve de gente que va al campo, a un pueblo en Aragón, como si fuera al Amazonas, incluso la vestimenta. Hay mucho desconocimiento y el paternalismo y el romanticismo vienen de ahí.
Eso convive con un cierto activismo pro-rural, que pugna por la supervivencia del campo para salvarnos a todos.
Yo soy muy pesimista. Creo que los movimientos de la Historia, los movimientos sociales, culturales, antropológicos, demográficos son como los movimientos tectónicos, que es muy difícil luchar contra ellos. Puedes intentar contrarrestarlos construyendo casas fuertes a prueba de terremotos o intentando ponerte a salvo, pero es muy difícil corregirlos.
Un cura de Zamora, Teo Nieto, a quien escuché en un coloquio sobre la despoblación del mundo rural, decía que hay que dejar de darle tantas vueltas. Vivimos, y esto lo decía un cura, en un sistema capitalista y en un sistema capitalista lo que no es rentable desaparece.
Hoy por hoy el mundo rural no es rentable desde el punto de vista económico. Y esa es la explicación de lo que está ocurriendo. El mundo rural no es ni política ni económicamente rentable. Cuesta más o provoca más gastos de lo que genera y por eso aunque todo el mundo, los medios de comunicación, los partidos políticos hablan de ayudar al mundo rural desde el reto demográfico, etc. en el fondo nadie hace nada por corregir esa deriva porque no es rentable ni política ni económicamente.
Se enmarca dentro de esta cultura del utilitarismo de que quien no produce, no sirve y, por lo tanto, hay que descartarlo.
Claro, eso es la famosa teoría del pasiego: “vaca que no da leche, vaca que va para el matadero”. Pero eso es el capitalismo, y el capitalismo es el sistema en el que nos movemos Entonces hay que ser conscientes de ello.
El medio rural ha sido el gran sacrificado en pro de un supuesto progreso. Se ha roto por diversas razones: la construcción de embalses, expropiaciones forzosas, expolios, vías de transporte, etc.
Más que el medio rural, diría que hay territorios que se sacrifican para el crecimiento desaforado de otros. Hay dos Españas. Hay una España colonizadora y una España colonizada. Hay unos territorios que sirven para proporcionar agua, energía, productos agrícolas a una España sobrepoblada y sobredesarrollada. Y hay unos territorios colonizados por esa otra. La España interior, no diría solo la rural, está colonizada por la España periférica y la España rural por la España urbana.
En medio de todo esto, de esa ruptura, de esa fractura que hay en todo el interior, ¿se puede ver una luz de esperanza? Decías que eres pesimista, sobre todo por las políticas que se desarrollan y ese doble discurso que hay por parte de las instituciones públicas.
Sobre todo por lo que decía Teo Nieto: mientras el sistema por el que nos rijamos sea el capitalismo puro y duro todo lo que no sea rentable va a desaparecer o, por lo menos, va a quedar en un plano secundario en la concepción política y cultural y social del país o de los países. No es que sea pesimista, soy realista. Creo que tengo ya una perspectiva de años para ver que mientras a todo el mundo se le llena la boca con soluciones y promesas para cambiar las cosas, éstas cada vez van a peor desde la perspectiva de las relaciones del mundo urbano y el campo, de la España creciente y la España menguante. Te pongo un ejemplo. El Estado de las autonomías se creó para reequilibrar demográficamente el país. 40 años después las distancias entre la España rica y la España pobre aún son más grandes. Lo que quiere decir que el Estado de las autonomías desde esa perspectiva por lo menos es un fracaso.
Se han desarrollado medidas que intentaban descentralizar la población, pero el campo se sigue vaciando y las grandes ciudades cada vez son más grandes.
Pero es por lo que te digo de los movimientos tectónicos de la economía y de la historia. El mundo desde hace mucho tiempo tiende a concentrarse en grandes áreas urbanas. Esto es algo que no solo pasa en España. Mientras no cambie algo en la cabeza de toda la gente va a seguir siendo así.
Ahí están también los movimientos migratorios que van y vienen del campo. Los pueblos fueron los principales receptores de migrantes cuando España comenzó a ser un lugar atractivo para vivir. Llegaron al campo porque el trabajo estaba allí. Esta cuestión aparece en El viaje de mi padre.
Quienes sostienen lo poco que queda de la España que llaman vacía o vaciada y que yo prefiero denominar despreciada o desdeñada, son los inmigrantes. Si no hubiera inmigración, la España vacía estaría mucho más vacía de lo que está.
Julio Llamazares nació en Vegamián (León) en 1955. Su obra abarca prácticamente todos los registros literarios, desde la poesía La lentitud de los bueyes (1979) y Memoria de la nieve (1982) a la literatura de viajes El río del olvido (1990); Alfaguara, (2006), Trás-os-Montes (Alfaguara, 1998), Cuaderno del Duero (1999), Las rosas de piedra (Alfaguara, 2008), volumen que da inicio al recorrido sin precedentes por España a través de sus catedrales que cierra Las rosas del sur (Alfaguara, 2018), Atlas de la España imaginaria (2015) y El viaje de don Quijote (Alfaguara, 2016), pasando por la crónica El entierro de Genarín (1981; Alfaguara, 2015), el relato corto En mitad de ninguna parte (1995; Alfaguara 2014) y Tanta pasión para nada (Alfaguara, 2011), el guion cinematográfico y la novela Luna de lobos (1985), La lluvia amarilla (1988), Escenas de cine mudo (1994; Alfaguara, 2006), El cielo de Madrid (Alfaguara, 2005), Las lágrimas de San Lorenzo (Alfaguara, 2013) y Distintas formas de mirar el agua (Alfaguara, 2015). Sus artículos periodísticos, que reflejan en todos sus términos las obsesiones propias de un narrador extraordinario, han sido recogidos en los libros En Babia (1991), Nadie escucha (Alfaguara, 1995) y Entre perro y lobo (Alfaguara, 2008). Acaba de publicar El viaje de mi padre (Alfaguara, 2025).