Alex Chico: “Uno necesita desplazarse para entender y amar mejor el espacio que habita”

Geografía escrita (Candaya) podría ser un compendio más o menos bien armado de artículos sobre varias ciudades, un libro-guía para conocer rincones urbanos. Sin embargo, lo que nos encontramos en sus páginas es una cuidada y amada reflexión sobre qué son los lugares, cómo estos nos construyen, de qué manera nos habitan, por qué tenemos la necesidad de narrarlos. Por qué, en definitiva, somos lugares y fronteras. Nos interesaba mucho conversar con su autor, Álex Chico, sobre estas cuestiones itinerantes. Aquí os dejamos una parte de ese diálogo.

¿Qué espacio ocupan los lugares en tu literatura?

El tema del lugar, del territorio, de la geografía, se ha convertido en el asunto principal de toda mi literatura. Lo que genera el lugar, lo que acciona el lugar, cómo el lugar te condiciona, es el asunto literario más frecuente en mis libros. Sobre todo porque es un tema que se despliega hacia asuntos muy personales, porque el lugar condiciona tu manera de ser y de estar en el mundo.

El lugar o la ausencia del lugar, el hecho de no tener un lugar, todo lo que acciona, lo que genera el tema del espacio y la geografía, esa especie de psicogeografía, me interesa muchísimo como escritor, es un tema que me obsesiona. ¿Por qué? Porque forma parte de mi primera infancia el hecho de ser extremeño pero vivir casi toda mi vida en Barcelona, esa especie de desplazamiento, que está hasta en el vivir en el extrarradio de la ciudad y tener el colegio en el centro.

Están ese tipo de desplazamientos que eran también desplazamientos emocionales, físicos. De alguna manera creo que se me arraigó tanto que tiempo después fui eligiendo autores que también trataron ese tema y me di cuenta de que ese era el asunto sobre el que yo más necesitaba escribir.

Comentas, y eso es algo que se ve muy bien en Geografía escrita, que ese desplazamiento es lo que conforma nuestra identidad. Esto es algo que es más evidente en la literatura realizada por personas que han sufrido procesos migratorios importantes, de un país a otro, de una cultura a otra. Pero ¿también podemos observarlo en vidas que no se han desplazado o en las que no ha habido un desplazamiento tan extremo?, ¿puede haber ahí una transformación derivada del cambio de un entorno próximo, como una leve mudanza de un barrio a otro?

Por ejemplo, me doy cuenta de que mi carácter, el tono de mi voz, la forma de explicar algo, es diferente cuando hablo de La Vera, una comarca del norte de Extremadura. Porque somos una confederación de lugares y los lugares antes que nada son estados de ánimo.

El ser humano posee un abanico enorme de emociones. Muchas veces esas emociones vienen motivadas por el lugar que ocupas y el lugar que ocupas no necesita un cambio drástico entre un país y otro, o entre guerras, o entre trincheras. A veces basta con cambiar de calle, de barrio, para que tu estado de ánimo también se modifique.

Por eso digo que, al final, uno siempre lleva puestas las mismas fronteras. Tanto da que sea una frontera conflictiva, en una guerra, o en un espacio fronterizo complejo, como pueden ser México y Estados Unidos, o cambiar de un barrio bajo a un barrio alto. Por ejemplo, eso se ve muy bien en las ciudades latinoamericanas.

Uno camina por ellas sin ninguna aduana de por medio, pero uno sabe perfectamente que hay algo en algunos lugares que te están deslocalizando. Forma parte de la misma ciudad, sí, pero no es igual hablar de lo que sucede por debajo de la Plaza Italia, hablo de Santiago de Chile, a lo que pasa por encima. Es como en Barcelona antes, con la calle de la Avenida Diagonal, que formaba una especie de frontera emocional, social, psicológica, etc.

Uno no necesita un gran desplazamiento para cambiar de estado de ánimo. Si uno puede empezar el día muy contento y acabarlo muy triste, sin motivo aparente o ninguna actividad externa, ¿cómo esos cambios de lugares no llevan aparejados esa influencia en nosotros? No hace falta viajar demasiado para desplazarte en tu interior.

Ser de” o “pertenecer a” marca no solo cómo nos autopercibimos, sino las etiquetas que los demás nos quieran colgar.

Totalmente. Por ejemplo, yo, aunque he permanecido casi toda mi vida en Barcelona, sin embargo hay ciertas formas de entender el mundo que creo que son de herencia extremeña. Y no tanto por la vivencia propia, que al fin y al cabo yo tampoco viví tanto tiempo en Plasencia, sino por parte de la familia, los amigos y las lecturas de autores extremeños. Al final todo eso acaba configurando una manera de ser.

Y por eso a veces da igual que sea un barrio, da igual que sea una calle, da igual que sea una comunidad autónoma o un país, que al final el territorio siempre se las apaña para condicionar tu forma de ser. De etiquetarte y de juzgarte también a ti mismo. Me gusta mucho cuando Javier Pérez Andújar en su libro Paseos con mi madre, habla de cómo a veces desde las afueras de Barcelona entraba casi como de lado al centro, casi con esta cosa de miedo a ser visto, porque sabía que su lugar estaba en otro sitio.

Al final los lugares son físicos, son tangibles, pero lo que provocan siempre es emocional.

Hablas de lugares en general, pero en Geografía escrita lo que se describen son ciudades. Es un libro muy centrado en esos recorridos urbanos que te han marcado. Se insiste en esa idea, además, de que una ciudad siempre incluye otras ciudades o al menos guarda el recuerdo, la memoria, de otras ciudades que hemos conocido.

Es verdad que soy un amante de los lugares y me da igual que sea un pueblo fronterizo en el norte de tal país o un pueblecito en el sur de Ecuador, pero sí que es cierto que tengo una predilección por las ciudades. Soy en parte hijo de mi época, no solo porque haya vivido en ciudades siempre, sino porque buena parte de la literatura que leí durante los tiempos de formación lectora era principalmente urbana.

Entonces, al final, todo eso hace que tu interés, por decirlo así, siempre se haya inclinado más hacia las ciudades. Aquí ocurre también algo muy curioso. W.G. Sebald hablaba del “delirio de relación”. Hay un momento donde parece que tenemos conexiones con todo. Una cosa nos lleva a otra.

Y también recuerdo otro verso, que es como un mantra para mí, de un poeta de Plasencia, Álvaro Valverde. Él decía aquello de que “una ciudad es todas las ciudades”. Desde que leí ese verso, de alguna manera he condicionado la forma en que visito ciertos espacios. Y no sé por qué motivo siempre tengo cierta inclinación a ver lugares en las ciudades que visito, ciudades previas a los espacios a los que voy por primera vez. O sea, no puedo ir a Valparaíso sin que piense en Lisboa, no puedo ir a Londres sin que imagine algo de Nueva York.

Y aquí lo interesante es que en todos los lugares que visito siempre intento buscar mi propia ciudad, siempre intento buscar a Barcelona. A veces por alguna calle que me recuerda, otras veces porque entro en un mercadillo y veo postales antiguas y entonces busco a ver si hay alguna postal de la ciudad o porque entro a una librería y voy a la sección de días o de viajes y busco si hay alguna sobre Barcelona.

Es curioso, ¿no?, como al final uno necesita desplazarse para entender y amar mejor el espacio que habita.

¿Podrías llegar a catalogar ciudades destino y ciudades de paso en tu vida?

Esto me lo planteé en Geografía escrita. Algunos se quedaron fuera por diferentes razones, pero los lugares que están ahí es porque había una necesidad de que estuvieran, de darles un poco mi visión o mi percepción.

Ya no es solo por qué uno visita un lugar, sino por qué luego, tiempo después, tiene la necesidad de escribir sobre ellos. ¿Por qué? No lo sé.

Hay un punto de inflexión, como una especie de epifanía mientras lo vives, mientras estás visitando esos lugares o mientras los recuerdas que dicen, no solamente me basta con recordarlos, sino también necesito escribir sobre ellos. Por eso todos los lugares que aparecen en Geografia escrita son lugares destino.

Los lugares de paso no están dentro de los textos que yo he necesitado escribir sobre ellos. Lo que no quita, insisto, es que, de alguna manera, acaben nutriendo otros espacios, porque a lo mejor, por ejemplo, no hablo de Oporto y, sin embargo, es una ciudad que me encanta. En cierta forma, también busco, he intentado escribir un artículo sobre Lisboa buscando las trazas de Oporto, pero cualquiera de los lugares que están en el libro para mí serían lugares de destino y los de paso a lo mejor han nutrido otros espacios quizás más esenciales en mi vida, pero nada más.

En el libro ofreces también abundantes referencias lectoras sobre los lugares. Retomando la cuestión de las conexiones, muchas de ellas acuden por esas lecturas previas que hemos realizado y que tratamos de reconocer cuando llegamos por primera vez. ¿Prefieres ir sin prejuicios, sin ningún conocimiento de ese lugar o prefieres tener un bagaje previo?

Está muy bien lo que comentas. Uno de mis primeros poemas, que de alguna manera desarrollo en los siguientes libros, comenzaba diciendo que lo más extraño del viaje es no saber hacia dónde se regresa. Ese fue, si no el primero, uno de los primeros poemas que escribí, y estos dos versos, iniciales del texto, en parte apoyan un poco lo que comentas tú.

Cuando uno se ha pasado una parte de su vida leyendo sobre Berlín, leyendo sobre Lisboa, o leyendo sobre Nueva York, cuando vas a esos lugares por primera vez, es como si regresaras a ellos. No solamente a los que has leído, sino a quien fuiste mientras leías aquellos libros. Visitas por primera vez un espacio y en ti se establece una comunicación de lecturas, de tu biografía.

Creo que esto es más idóneo, óptimo, que negativo, porque de alguna manera amplía el espacio que visitas. Por eso yo diría que sí, prefiero ir con todos los, entre comillas, prejuicios literarios posibles. Pero tiene un riesgo, porque por todo en la vida hay que pagar un precio. Los lugares nunca van a ser como los hemos leído. Los lugares nunca van a amoldarse exactamente como los hemos visto en un cuadro o en un título. Porque cualquier obra de arte es ficción.

Y eso a veces es lo que genera una frustración, porque parece que no estés extrayendo la esencia de la ciudad que visitas, porque no estás encontrando lo que otros autores previamente sí encontraron. Y esa es la trampa, esa es la frustración que genera. El pensar que todo eso que habías leído eran ficciones reales. Y no lo son, son ficciones a secas. Por tanto, uno tiene que construir su ciudad de cero. Con todo el bagaje y la documentación previa, pero saliendo de lo que tú puedas pintar de esa ciudad, escribir sobre esa ciudad parte en cierta forma de cero.

En todo caso, también es cierto que a veces he ido a lugares y he leído cosas que no tienen nada que ver con ese espacio y de alguna manera han engrandecido tanto al lugar como a los libros que estaba leyendo. Por ejemplo, el mejor rincón de lectura que tengo en el mundo son unas charcas, unos ríos, unas pozas que hay en el norte de Extremadura. Allí me gusta mucho ir a leer en verano porque es un sitio muy fresco, muy tranquilo, casi idílico. Y ahí he leído muchos libros de Marcel Proust, de Bolaño, de Vargas Llosa, y es curioso cómo esa lectura ajena a ese espacio ha mejorado tanto aquellos libros como el lugar en el que los leía.

A veces se produce un diálogo muy interesante entre dos códigos aparentemente distintos, dos lenguajes aparentemente diferentes.

Un libro, un texto puede llegar a cambiar dependiendo del lugar donde lo estamos leyendo.

Totalmente. Yo recuerdo una frase de Raúl Zurita que decía algo así como que muchas veces no recordaba una conversación pero sí recordaba el lugar donde había contestado. A mí me ha pasado a veces con libros. No recuerdo el libro, el argumento, la estética o la trama de una obra, pero sí recuerdo donde lo leí. Y lo que me permite casualmente es leer mejor el espacio que me rodeaba, no tanto el libro que tenía entre manos. Por eso digo que a veces esos diálogos entre el lugar y la literatura me parecen de los asuntos más mágicos, más estimulantes que puedo tener.

Si la escritura o la literatura me ha llevado a este tipo de viajes, algo bien habré hecho en mi vida.

Hay en el fondo de Geografía escrita una reflexión sobre el proceso de escritura como búsqueda, como viaje, como transformación, como desplazamiento.

Sí, eso también responde a algo que me interesa mucho como lector y como escritor, sobre todo como lector. A veces me interesan ciertas historias, ciertos personajes, pero en otras ocasiones casi me interesan más los motivos que conducen a un escritor o a una escritora a hablar de ese personaje, a contar esa historia. Muchas veces me interesa más el paso previo que la historia en sí misma.

Por eso Geografía escrita no es sólo un libro de viajes, es un libro sobre la necesidad de escribir, es decir, la necesidad de viajar. Porque en un momento de nuestras vidas necesitamos desplazarnos, o bien escribiendo o bien moviéndonos de un sitio a otro. Entonces, no es sólo un libro sobre el viaje, sino sobre los motivos que nos conducen a desplazarnos, a viajar, a movernos, a estar en un lugar que aparentemente no nos corresponde y que queremos habitar porque la vida en porciones pequeñas a veces no nos va. Algo así.

Hace poco leía un texto de Fernando Sanmartín que decía que viajar nos salva un poco del desamparo.

Sí, es curioso porque te salva del desamparo y luego, en cambio, como decía Pavese, el viaje puede ser una experiencia brutal que te hace tener otros horarios, otros ritmos, otras rutinas y eso a él le parecía devastador. Por un lado tiene esa parte estimulante, esquizofrénica, bipolar, de imaginarte viviendo en otro sitio. Pero por otro lado también te está modificando radicalmente tus rutinas. Es como la vida, esto que nos sucede, que por un lado nos atrapa y por otro lado nos rechaza.

Lo que genera el lugar siempre es un asunto apasionante.

Álex Chico (Plasencia, 1980) es autor de las novelas de ensayo ficción Los nombres impares (Candaya, 2021), Los cuerpos partidos (Candaya, 2019), Un final para Benjamin Walter (Candaya, 2017) y Un hombre espera. Ha publicado también el libro de entrevistas Vivir enfrente; el cuaderno de notas Sesenta y cinco momentos en la vida de un escritor de posdatas; y los libros de poemas Definición de auraHabitación en WUn lugar para nadieDimensión de la frontera y La tristeza del eco, reunidos en la antología Espacio en blanco. Su último libro, antes de Geografía escrita, es Barcelona, mapa infinito, un ensayo sobre la ciudad en la que reside. Es guionista del cortometraje El sueño de Alejandría. Sus poemas han aparecido en publicaciones como TuriaSuroeste o Litoral. Ha ejercido la crítica literaria en medios como ÍnsulaCuadernos HispanoamericanosClarínLa DirectaNayagua o La vaca multicolor. Fue codirector de la revista Quimera. En 2018 obtuvo la beca de escritura Montserrat Roig y en 2020 fue seleccionado entre los diez mejores narradores menores de 40 años en el programa «10 de 30», organizado por la AECID.

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