Fernando Sanmartín ha construido, a lo largo de los años, una cartografía literaria en la que el viaje, la ciudad y la experiencia del desplazamiento ocupan un lugar central. Libros como Ciudades que se posan como pájaros (Xordica), Costa Oeste (Papeles mínimos) o Días en Nueva York y otras noches (Newcastle) exploran el tránsito físico y emocional por espacios urbanos muy diversos, siempre desde una mirada atenta a lo cotidiano, a la memoria y a la transformación que provoca estar fuera del propio lugar. En esta conversación, Sanmartín reflexiona sobre el sentido del viaje, la relación con las ciudades, la experiencia del extrañamiento y su propio proceso de escritura.
En varios de tus libros el viaje aparece como un tema central. Me interesa especialmente cómo describes la experiencia de estar fuera del lugar habitual: el extrañamiento, la sensación de desarraigo y, al mismo tiempo, la forma en que el viaje protege frente al desamparo. Esa idea de que viajar nos libera de esa intemperie resulta especialmente sugerente.
El viaje nos protege. Además, ofrece una muy buena versión de lo que somos, una versión más sincera que la que mostramos en la vida cotidiana. Un escritor asturiano que murió hace poco, Joan Bello, hacía una literatura muy ligada al lugar y a la geografía. Una vez escribió que viajar es reencontrarse con uno mismo, y creo que es cierto.
Pero esa experiencia exige una forma concreta de viajar. Frente al turismo organizado, ¿qué tipo de viaje te interesa realmente?
Al turista le gusta el grupo y tenerlo todo bajo control. A mí me interesan otros viajes, donde lo individual y lo imprevisto forman parte del trayecto. Ahí es donde reside lo verdaderamente interesante.
En alguna ocasión has señalado que cada ciudad acaba teniendo lugares propios y recurrentes, como las tiendas de sombreros o los relojes de Lisboa. Son espacios a los que se vuelve una y otra vez y que generan un vínculo personal con ese lugar. Esa relación íntima con determinadas ciudades aparece de forma reiterada en tus libros.
Son referencias que hacemos nuestras, lugares que incorporamos a nuestro catálogo de espacios donde querríamos estar muchas veces. Eso ocurre también en nuestra propia ciudad, pero es especialmente visible cuando viajamos. Y entonces surge la pregunta: ¿por qué nos vamos de viaje?
Graham Greene decía que viajamos para romper la rutina, para huir de la sensación de fracaso y también para huir del futuro, de lo que nos deparará. Cada persona tiene sus motivos y, a veces, todos se mezclan en una especie de cóctel. El viaje da energía, disfrute y te enriquece.
Otro viajero al que siempre vuelvo es Javier Reverte. Decía que viajar es conocer y que conocer es comprender. Cuando viajas, comprendes mejor muchas cosas y valoras de otra manera tu ciudad, tu lugar de origen. Eso también es importante.
Ese distanciamiento parece permitir después un regreso distinto al lugar propio.
En el viaje hay palabras que adquieren otro significado. La lejanía, el regreso o la noche tienen un peso distinto cuando estás fuera. El equipaje simbólico de esas palabras cambia, y está bien que sea así.
El viaje también altera la percepción del tiempo. Hablaba recientemente con Fernanda García Lao sobre su libro Estación Saturno, donde se rompen los planos de tiempo y espacio. Ella señalaba que esa ruptura la provoca el duelo, pero también el viaje: estar fuera de tiempo y fuera de lugar.
La percepción del tiempo cambia mucho según el lugar en el que estés: una aldea de montaña o una gran metrópoli. Eso ocurre especialmente cuando viajas. El viaje salta las normas de la rutina y de lo cotidiano, y las pautas temporales adquieren otra dimensión. El tiempo se define de otra manera.
En tus libros hablas mucho de ciudades y de espacios urbanos. ¿Te consideras un viajero eminentemente urbano o también te atraen los entornos rurales y la naturaleza?
Para mí, la ciudad es un ser vivo. Es uno de los grandes inventos del ser humano. Me interesa mucho el viaje dentro de la ciudad: no tanto el trayecto hasta ella, sino el viaje que comienza una vez que estás allí.
También me interesa viajar dentro de la ciudad en la que más tiempo paso, que es Zaragoza. Viajar por Zaragoza como si fueras una persona extranjera es difícil, pero muy revelador. Mirar lo que te rodea con otros ojos transforma la percepción.
En alguna ocasión he hecho algo muy sencillo pero poco habitual: dormir en un hotel en mi propia ciudad. Sales de casa, cenas fuera y no vuelves a tu hogar, sino a una habitación de hotel. Las sensaciones que te da esa experiencia merecen la pena.
Esa forma de mirar la ciudad desde la distancia —como si se fuera ajeno a ella— permite descubrirla de otra manera, algo que también sucede cuando se acompaña a alguien que llega por primera vez. Descubres la ciudad con los ojos de quien no la conoce.
Otro tipo de viaje muy distinto es el de quien llega migrando, con la intención de quedarse. Ya no se trata de una ciudad de paso, sino de una ciudad de permanencia que, sin embargo, sigue siendo ajena. En ese caso, la sensación de extrañamiento se intensifica.
Ahí entran otros elementos. Quien llega lo hace con miedos, interrogantes y sorpresas, dejando atrás una carga emocional enorme. Cuando vemos a esa persona caminando por lugares que nosotros transitamos a diario, no podemos imaginar la carga psicológica que lleva. Convertir ese “yo” en un “nosotros” es lo verdaderamente valioso.
¿Cómo es tu proceso de escritura y de construcción de los libros?. ¿Se trata de una escritura inmediata, cercana al cuaderno de viajes, o de un trabajo posterior de reelaboración?
Siempre hay una escritura inmediata sobre el terreno. Me muevo en el territorio del libro de viajes y del diario, así que lo inmediato entra rápidamente en la escritura. Para mí, escribir significa reflejar la realidad, funcionar como un espejo de la vida.
La gran protagonista es la vida: lo que te ocurre, lo que ves, la gente con la que hablas. Me interesa más ese tipo de literatura que la que se apoya únicamente en la ficción. Aunque también he escrito novelas de ficción, incluso en ellas la ciudad tiene un protagonismo muy alto. En mi última novela, Os contaré la verdad, la protagonista es una mujer, pero París está presente de forma constante. El escenario urbano es continuo y podría leerse casi como un pequeño libro de viajes por la capital francesa.
Después de recorrer tantas ciudades, ¿hay alguna en la que te hubieras quedado? Ese ejercicio de imaginar si uno se ve viviendo en un lugar concreto.
Hay viajes inolvidables y otros que no lo son tanto. Hay lugares que conoces y sabes que no te quedarías a vivir allí, aunque formen parte de tu colección de experiencias.
También ocurre que te obsesionas con ciertos lugares y vuelves una y otra vez. Me pasó con Lisboa, una ciudad en la que me encontraba muy bien. Iba continuamente, pasaba allí varios días, a veces en avión y otras en el tren nocturno, el Expreso Lusitania. Llegabas por la mañana, te tomabas un café en la estación y empezaba el recorrido por la ciudad.
Hay otras ciudades muy distintas, como Nueva York, una metrópolis que te produce vértigo pero que te atrapa. O lugares como Trípoli o la Siria anterior a la guerra, donde caminar por Damasco o dormir en Alepo era una experiencia tranquila y placentera. Hoy son espacios a los que ya no conviene viajar.
En los últimos años también he vivido temporadas en ciudades concretas gracias a proyectos literarios o residencias artísticas. Eso permite estar de otra manera.
Esa experiencia de permanencia transforma también la relación con la ciudad.
Hace poco más de un año estuve viviendo en Venecia. Es un lujo, porque no tienes la obligación del turista de verlo todo. Puedes perder el tiempo, ir a lugares donde no llega la masa turística, hacerte con tu barrio, comprar en el economato, tomar un aperitivo, estar de otra manera.
Perder el tiempo en las ciudades es muy valioso cuando lo haces desde una postura contemplativa.
Fernando Sanmartín es autor de varios libros de narrativa, entre los que cabe destacar Apuntes de París (Xordica, 2000), La infancia y sus cómplices (Xordica, 2002; 2ª edición, 2005), Te veo triste (Xordica, 2012) y Notas sobre Zaragoza del capitán Marlow (Xordica, 2014). También ha publicado varios libros de poesía, dietarios y libros de viajes como Ciudades que se posan como pájaros (Xordica, 2017). Fue codirector de la revista La expedición. Es articulista de Heraldo de Aragón.