En Niño parabólico (Periférica), Constantino Molina construye una peculiar forma de mirar el mundo, la ciudad, la cultura, la propia existencia. Publicada por Editorial Periférica, la obra llama a recuperar el acto de contemplar, de pasear ciudades, nos interpela a la meditación cultural y observación urbana.
Surge, en primer lugar después de leer el libro, una pregunta incómoda: ¿nos hemos olvidado de contemplar o más bien, nos hemos olvidado de dar valor al acto de contemplar, de parar y observar con detalle lo que sucede a nuestro alrededor? ¿Es necesario volver a sintonizar la antena?

No hablaría en un plural genérico, de catástrofe social, pero sí diría que actualmente es más complicado, como individuos, acceder a esa parte contemplativa que nos ayuda a tomar conciencia de lo que realmente somos. Vivimos inmersos en inercias que nos despistan de una conexión profunda con el lugar que ocupamos en el universo. Esto suena como muy transcendido, pero básicamente se trata de disfrutar más de la vida y de vivirla de una manera más entera. Sin tanto algoritmo ni neurosis por consumir las baratijas de un consumismo descerebrado. Atendiendo a los momentos de solitud con una copa de brandy para luego salir a las calles sereno y atento al hecho de estar vivo. Cosa que es un milagro.
Por la orientación de Itinerancias, nos interesa especialmente abordar una cuestión que aparece en Niño parabólico: el tránsito: entre planos temporales, entre realidad absurda y ficción surrealista, entre humor y desastre.
El libro, como la propia vida, es un caleidoscopio de elementos dispares que se van engastando para formar un todo que, huyendo de una temática concreta, conforma algo muy uniforme. La razón engendra al disparate, el pasado al presente, la poesía a un montón de tonterías que se dicen en nombre de la más alta literatura y así con todo. En ese dinamismo anda la cosa.
Una constante en el libro es la referencia a las marcas que construyen y determinan una generación. El libro se asienta sobre la metáfora del Pandorino vs Bollicao. Hay crítica y hay nostalgia.
La incorporación de marcas en un texto con buena dosis de carga literaria, de cuidado de la palabra, tiene que ver con una especie de prueba de esfuerzo. Si el texto mantiene su espíritu y su verdad, su algo de hondura, y no se va al cuerno con esos términos que pueden ser tan impuros o perecederos, es que algo hay bien hecho. Me interesa tomar riesgos a la hora de escribir, huyo de lo aséptico. El reto es tomar riesgos y mantener cierta elegancia. Sobre el Pandorino, el bollito místico, qué decir… es la clara representación del cuerpo de Dios sobre la Tierra.
La otra gran presencia en el libro es la ciudad, las calles, los bares, la búsqueda, el paseo, las preguntas en tránsito. ¿De qué manera esa ciudad construye al niño parabólico?
Lo construyen como forma de hacer más próximas y asimilables las ideas del libro. Valiéndose de una geografía concreta, la de Madrid, y de un día a día atravesado por la anécdota, el lector conecta más fácilmente con algunos temas que podrían resultar abstractos o lejanos sin ese componente andariego y algo lúdico.
¿Cómo decides qué personajes referentes del arte y la literatura te acompañan en ese paseo por el barrio madrileño?
A través de una buena criba. Niño parabólico tiene algo de inventario de creencias de la media vida y para ello me sirvo de una nómina de referencias culturales, no solo artísticas, que van desde Montaigne a Velázquez, pasando por Miguel Milá, Cartier, San Juan de la Cruz, el lince ibérico o Erwin Schrödinger. Es una aspiración por completar un poliedro cultural sin prejuicios ni inercias limitantes.
¿De qué manera toda esta disertación se convierte en observación social y análisis del estado del arte literario contemporáneo?
Análisis existe por ese componente de inventario de creencias que es el libro. Como autor me cuestiono qué lugar ocupo en todo ello, de qué nos sirven como individuos y como conjunto social el arte y la literatura. Y también está la gran pregunta: ¿Por qué dedicar esas horas de escritura a algo que nadie me ha pedido? Esa pregunta es obligatoria en cada escritor y también en cada lector. A veces, frente a algunos libros, sería preferible no leer y darse un paseo por la Casa de Campo, tomarse un par de vinos o mirar vídeos de cabritillos en Instagram.
Constantino Molina (Albacete, 1985) es autor de los poemarios Las ramas del azar (2015, Premio Adonáis y Premio Nacional de Poesía Joven), Silbando un eco extraño (2016, Premio Institución Alfons el Magnànim) y Cingla (2020, Premio de Poesía Hermanos Argensola). El último, Premio Cervantes, acaba de ver la luz en la editorial Renacimiento. En 2021 publicó el diario El canto de la perdiz roja en interior. Escribe, además, sobre arte plástico en colaboración con algunos artistas y galerías. Actualmente reside en Madrid y trabaja en la tienda-librería del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.