Hay viajes en los que lo importante no es el lugar al que se llega, sino aquello que sucede —o parece no suceder— durante el trayecto. En La separación (Anagrama), Martín Kohan convierte ese tiempo suspendido de los desplazamientos nocturnos en una indagación sobre el desamor, las transformaciones silenciosas y las formas en que una vida puede cambiar sin necesidad de grandes acontecimientos. Porque, a veces, uno se sube en una ciudad y se baja en otra; pero también se sube en una vida y despierta en otra distinta. En esta conversación con Itinerancias, el escritor argentino reflexiona sobre la experiencia del viaje como espacio de extrañamiento y de tránsito, sobre las ciudades dormidas y las terminales de ómnibus, sobre la intimidad fugaz entre desconocidos y sobre esos paisajes que solemos confundir con la nada. A propósito de La separación, Kohan propone una mirada sobre el desplazamiento que trasciende la geografía para adentrarse en un territorio más incierto y reconocible: el de las pérdidas, los cambios y aquello que, aun cuando parece no haber pasado, termina transformándolo todo.

El traslado en tanto en cuanto proceso es más importante en el libro que los puntos de partida o llegada. ¿Nos muestra de esta manera lo que conlleva una separación, ese irse de un lugar de otra persona?
Muchas novelas que transcurren a partir de un viaje ponen el acento en los lugares a donde se va y no en narrar el propio desplazamiento, como si el viaje consistiera en estar en otra parte y no en transportarse hasta ella. Y la novela, si bien tiene una sección —la del diario—, que es la que transcurre en el lugar donde el viaje se produjo, en sus otros dos tercios, es decir, en la primera parte y en la tercera, narra un viaje no en el sentido de estar en otra parte, sino de estar desplazándose, efectivamente.
Creo que hubo algo que me resultó afín, por así decir, desde el punto de vista del procedimiento, a lo que se cuenta en la novela: que el amor se termina y que la gente, dolorosamente —bueno, no siempre, pero a menudo—, se separa.
Mientras iba escribiendo el viaje de ida, me pareció que hay algo propio de las condiciones de viaje como las que se cuentan en este caso, que suponen una combinación particular de movimiento y de quietud. Es un día o una noche —lo que sea que dure el viaje— que uno pasa básicamente quieto. Depende de dónde uno haga hincapié, pero es una experiencia simultánea del desplazamiento y de la quietud, porque uno está en movimiento desde que se sube al ómnibus hasta que el viaje termina y, al mismo tiempo, uno permanece quieto. Uno lo sabe cuando se levanta y se encuentra todo entumecido porque ha pasado horas inmóvil.
Entonces me parece que hay algo singular, si uno hace hincapié en esto, que es permanecer quieto cuando al mismo tiempo se está desplazando. Y me parece que eso habilita también una combinación narrativa posible entre lo que pasa y lo que no pasa. Porque hay accidentes o, por lo menos, incidentes, y la tercera parte, la de la vuelta del viaje, puede tener un poco más que ver con que se vayan produciendo incidentes. Pero, caso contrario, de un modo más convencional, en ese tiempo no pasa nada y, al mismo tiempo, pasa algo decisivo: uno sube en una ciudad y se baja en otra, o se sube en un mundo y baja en otro.
Y también, tomando lo que adelantabas, uno puede decir que se sube en una vida o en una condición de vida y puede bajar a otra vida. Y cómo es que ese cambio tan notorio puede haber ocurrido junto con el no pasar nada era para mí también un desafío narrativo: contar esa nada que pasa.
Mientras lo escribía pensé que quizás algo de eso podía tener que ver también con el mundo de las rupturas amorosas y de las separaciones. Porque, dependerá de los casos, por supuesto, como todo depende de los casos, pero muy a menudo se produce una separación y la pregunta un poco acuciante que surge generalmente de amigos o familiares cercanos, preocupados por lo que pasó, suele ser justamente esa: «¿Qué pasó?».
Y muchas veces uno se encuentra —o se encontró— respondiendo: «Nada». Y en esa nada pasó muchísimo. Se terminó un amor o se terminó una relación. Y uno a veces hasta podría pensar que sería preferible poder decir: «Pasó esto, ocurrió esto y esto desencadenó la separación». Pero muy a menudo —y es el caso de la novela—, frente a la pregunta «¿qué pasó?», uno se encuentra diciendo: «No pasó nada». Pero en esa nada cambió una vida. Ahí encontré que el viaje y la historia amorosa podían tener su resonancia.
Como en la vida y como en esas relaciones, en el viaje también hay etapas, hay paradas, hay muchas pequeñas cosas que van pasando y que van haciendo un cúmulo, hasta un punto en el que la vida decide por uno mismo. Ya no es que no pase nada, sino que pasan muchísimas pequeñas cosas.
Exactamente. Porque hay algo —claro, es una combinación de planos distintos— entre la intención, la contingencia, la nada que termina siendo algo y aquello que prometía ser algo y puede terminar siendo nada.
Y como cada vez más nos desplazamos y viajamos en condiciones de fuerte intención, en el sentido de que la programación de los viajes es cada vez mayor, incluso en ese subgénero del viaje turístico —porque el viaje en la novela justamente no es turístico, y me parece que ahí podrían marcarse ciertas diferencias de criterio—, surgió algo así como un subgénero llamado turismo de aventura, que está tan programado como cualquier otro. Solamente que en uno se programan visitas a museos o avistajes de paisajes y, en el otro, navegaciones o cosas por el estilo. Pero no deja de pertenecer al orden de una planificación muy estricta, de tal modo que a uno no le va a pasar nada que no esté ya previsto de antemano.
Entonces sí me parece, como decís, que hay algo en el orden de la intención y de lo que acontece. Y en el caso de la novela, yo diría que, en parte, el asunto es que no pasa nada porque, en realidad, lo que iba a pasar ya pasó. Su hermano, que vive lejos, se separó, y él está viajando para acompañarlo. Fuera de eso, que ya ocurrió, el deseo es que no pase nada. Y, sin embargo, pasa.
Hay también, en ese viaje, una sensación de extrañamiento, ese extrañamiento propio de los viajeros, de estar como fuera de todo, fuera de la rutina habitual. Y eso acaba trasladándose también a las reflexiones, como si ayudara un poco a hacer memoria de lo que ha pasado.
Completamente. Porque hay algo en el viajar —y quizás ahí aparece un matiz o una distinción— entre el viaje, que incluiría la llegada al lugar de destino, y lo que en general puede encuadrarse en términos de experiencia de viaje, es decir, lo que le pasa a uno cuando ya llegó a donde llega. Me parece que una de las novedades de viajar está justamente en esos matices.
Porque, si uno tomara simplemente el punto de partida y el punto de llegada, habría sobre todo un contraste, especialmente cuando se viaja a un lugar muy distinto. Siempre está la fantasía —que no sé hasta qué punto se cumple en cada caso— de que, si uno cambia de lugar, va a cambiar la vida. Claro que cambiando de lugar cambian un montón de aspectos de la vida, pero me parece que esa fantasía involucra, como cuestión de fondo, la idea de que uno ya no va a ser exactamente el mismo que era.
Hasta el momento en que uno descubre que cambió todo, excepto uno mismo; que uno se llevó a sí mismo al viaje. La ciudad es otra, el trabajo es otro, la lengua incluso puede ser otra, pero fatalmente uno sigue siendo uno. Y hay que ver hasta dónde esa ilusión de transformarse por el hecho de ya no estar en el mismo sitio puede cumplirse o no.
Pero cuando lo que uno narra es el desplazamiento y el viajar, y no el contraste entre el punto de partida y el punto de llegada, entre quién era uno en un lugar y quién podría llegar a ser en el otro, entonces tienen que aparecer los matices, porque el cambio es gradual. No queda muy claro cuándo uno ha dejado un lugar y cuándo está entrando en el otro.
Y creo que hay algo que a mí también me atrae, porque aparece en otros textos, que son los viajes que duran una sola noche. Te voy a decir que, para mí, que vivo en Buenos Aires, en Argentina, esa es exactamente la medida de un viaje en avión a Europa. De manera que, si uno consiguiera idealmente dormir la noche entera, de veras te dormís en un lugar y te despertás en otro, muy lejano y muy distinto.
En La separación no es un viaje en avión, sino un viaje en ómnibus, pero dura también una noche. Y dormirse en un lugar y despertar en otro tiene algo de un cambio muy particular. Funciona un poco como los sueños: uno se duerme y se va a otro mundo.
Solo que, además, hay algo en los viajes que duran una noche entera —o por lo menos algo que apareció especialmente en la novela—, que es llegar a lugares donde todo el mundo está durmiendo. Hay algo que me resulta muy atractivo en eso, porque tiene algo de fuera de tiempo. Cómo lucen los lugares cuando lo único que parece estar despierto es el micro, el ómnibus en el que uno viaja.
Y recorrer esas ciudades —sobre todo cuando son ciudades pequeñas—, efectivamente vacías, a la espera de que todo empiece. Yo vivo en Buenos Aires, que es una ciudad grande y que además suele tener mucha vida nocturna. Nunca está quieta del todo. Cuando terminan los últimos de la noche, ya arrancaron los primeros del día, eventualmente saliendo a trabajar. Mientras que en estos otros lugares, más pequeños, de provincia, es mucho más fácil acceder a una escena en la que la ciudad está completamente suspendida. Completamente suspendida, excepto el lugar en el que uno va.
Entonces se invierte este juego del que hablábamos: el único lugar donde hay movimiento y cambio es precisamente ese lugar en el que uno está quieto, mientras la ciudad permanece completamente inmóvil. Ahí no está pasando nada.
Me parece que esas experiencias a contramano —estar despierto donde todo el mundo duerme, estar en movimiento donde todo está quieto, estar atento donde nadie está despierto— producen unas escenas que aparecen en la novela y que son casi fantasmagóricas.
Y ahí sí aparecen los incidentes. Porque ¿qué pasa cuando, en un lugar que está hecho solamente para ir de paso, uno tiene que detenerse? ¿Qué ocurre cuando, en un espacio de puro tránsito, por alguna razón uno tiene que quedarse? Entonces eso que no era exactamente un lugar, sino solamente un lugar de paso, se convierte en un lugar y la mirada cambia por completo.
Por eso me parece que el viaje nocturno, en eso que aparentemente no ofrece gran cosa —quiero decir, no es un viaje de aventuras atravesando el océano—, es un viaje dispuesto para que no pase nada. Pero en esa nada, del mismo modo que en la oscuridad el ojo se acostumbra y empezamos a ver lo que al principio no veíamos, creo que ocurre algo semejante: la mirada se acostumbra a la oscuridad y empiezan a aparecer incluso insinuaciones fantasmales.
Porque las ciudades vacías por la noche tienen algo de fantasmal. O las terminales de ómnibus, a la hora en que ya casi no queda nadie, tienen también algo de fantasmal. Como en una novela como esta, hecha sobre el miedo a que el amor se termine, hay un fantasma también ahí, dando vueltas.
A lo largo del libro aparecen de manera muy particular los vínculos o las relaciones que se establecen en esos viajes largos de noche. Aunque no cruces ni una palabra con esas personas que aparecen de manera temporal en tu vida, compartes momentos de bastante intimidad.
Sí, es que van en la misma dirección. Porque conozco también viajes largos y diurnos; lo que pasa es que en los viajes largos y diurnos uno termina durmiéndose igual. Pero, claro, por la noche esto se refuerza. Hay escenas bastante particulares o modulaciones bastante particulares de la intimidad.
Finalmente, uno va a dormir al lado de otra persona. Uno puede estar más confiado o menos confiado, ser más receloso o menos receloso, pero, en definitiva, hay algo que es el abandono del que se duerme en medio de desconocidos. Y, en un punto muy preciso, según cómo se dispongan los asientos en el avión —salvo que uno viaje en primera, cosa que no está a mi alcance—, dormís al lado de otro y, mientras vas durmiendo, perdés el control de tus propias circunstancias: de tirar la pierna, de darte vuelta o no darte vuelta.
Claro que no es compartir una noche de hotel con alguien; justamente eso se resuelve de una manera neta hacia la intimidad. Esta es una combinación particular. Quizá no haya tantas escenas en las que uno combine tan intensamente intimidad con ajenidad. Quizá solo pueda ser comparable con los baños públicos, los retretes públicos, sobre todo los de varones, los mingitorios, donde uno está en algo muy íntimo al lado, estrictamente al lado, de alguien de quien no sabemos nada.
Por supuesto, lo que ocurre en esa combinación tan intensa en los retretes es algo muy pasajero. Lo otro dura horas. Hay distintas resoluciones para esto. Yo viajo mucho y he notado que hay gente que tiene necesidad de sacar conversación. Después vendrá una especie de interpretación del fenómeno, porque hay gente que tiene necesidad de conversación por la conversación misma. Pero creo que no es nada forzado pensar que hay quienes necesitan sacar conversación con el de al lado para crear algo así como un vínculo, por tenue o por lábil que sea, como si fuese una condición de posibilidad para hacer lo que, al cabo de un rato, van a hacer: dormir uno al lado del otro.
Como si uno dijera: «Bueno, al menos sepamos cómo nos llamamos, de qué trabajamos, digámonos algo, porque durante estas horas vamos a ser relativamente íntimos». Esa combinación siempre me resultó sugestiva y, en la novela en particular, creo que tiene una incidencia especial por lo que pasa en el viaje de ida con la persona que se sienta al lado.
Ahora me estoy dando cuenta de que en el viaje de vuelta ni siquiera se menciona si alguien se sienta al lado o no. Es todo un tema a la ida y deja de serlo a la vuelta. Porque eso que pasa —le iba a volver a llamar relación, porque creo que la misma novela es y no es una relación—, eso que se arma o no se termina de armar en la primera parte de la novela entre el personaje y la persona que se sienta al lado… Si le queremos llamar relación, suena exagerado. No saben ni siquiera sus nombres. Pero, al mismo tiempo, si quisiéramos decir que no hubo nada, bueno, tampoco: algo hablaron y algo compartieron.
Retomo tu idea de los matices. Así como hay matices en lo que se ve y lo que no se ve a medida que anochece en el campo y eso se percibe desde la ruta, también hay matices en estas relaciones que no son relaciones, pero tampoco pura ajenidad, porque combinan las dos cosas: intimidad y desconocimiento. Y me parece que eso también podría funcionar muy bien para una relación que no se sabe si es una relación o no.
Además de los vínculos que hay entre las personas que comparten ese viaje, también hay una relación con los «no lugares», con lo que hay fuera del ómnibus, con el territorio y con el paisaje que se va atravesando. ¿Qué relación hay con eso en el proceso del viaje? Porque no es como en el avión, donde prácticamente no se ve el trayecto. En un autobús sí llegas a verlo todo.
Completamente. Porque yo creo que en el avión, es decir, en el cielo, rápidamente se pierde toda particularidad. Después uno tiene que tener el ojo muy entrenado para reconocer qué es eso que ve ahí abajo. En general, apenas cuando el avión va bajando, si uno conoce bien el lugar, puede reconocerlo; el resto son manchones de luz o la nada, o las nubes, si se está volando sobre ellas.
La novela transcurre en un viaje en micro —nosotros le llamamos micro; creo que aquí se dice ómnibus, y hay quien dice colectivo también—. Los «no lugares» de Marc Augé son, precisamente, los aeropuertos. Entonces me parece que hay una frecuencia del viajar más ligada a esa idea de la impersonalidad. Creo que toda la secuencia aviones-aeropuertos-hoteles internacionales arma un continuo de impersonalidad. Todos ellos tienen algo de «no lugar», y es una frecuencia del viaje muy particular.
Insisto en que, viniendo de la Argentina a Europa —que es lo que yo acabo de hacer—, aunque ahora no esté parando en un hotel, no importa: pasé por el aeropuerto. Y te voy a decir, además, que a mí me gustan esos lugares. O sea, los no lugares me gustan. Me gustan los aviones; para mí, un buen plan es pensar que dentro de diez días me vuelvo a Buenos Aires. Ese día lo espero como un buen plan. Así como uno puede decir: «Hoy, en Barcelona, voy a hacer esto y esto» y pensar «qué lindo este día», el día que voy a pasar en el avión también me genera expectativa. Y los aeropuertos me gustan. Ya sé que son todos intercambiables; quizás me gusten por eso. Y lo mismo los hoteles: me gustan, en parte, también por eso.
Pero creo que la dimensión del viaje en la que transcurre La separación es distinta, porque el micro ya supone otra cosa: la transformación de los lugares. Finalmente, uno sube al avión, sube al cielo y, cuando baja, ya está en Cataluña. No hay mucho más. El resto es eso que, un poco en concreto y un poco en abstracto, hacemos con las pantallas.
Naturalmente, por lo que estoy contando y por lo que me interesan los viajes, creo que puede deducirse que soy de los que ponen la pantalla en el mapa y les importa mucho saber qué es eso que vemos abajo. O incluso, lo voy a decir de un modo trágico: «Si ahora nos cayéramos, caeríamos en África». O, volviendo: «Si nos toca caer, ya voy a morir en América», puedo llegar a pensar.
Hay algo inquietante en el vuelo de Buenos Aires a Madrid o de Buenos Aires a Barcelona, y es la parte del océano. Porque se cruza el océano y eso no es solamente estar en medio de la nada del cielo, o en medio de la pampa y de la llanura, como pasa en la novela, sino también sobre el agua.
Sobre todo porque hay dos cosas que supe y que no diría que me preocuparon —sería exagerado—, pero sí que me llamaron la atención y, en un punto, me perturbaron un poco. Una es la idea de que hay un tramo, cruzando el océano, en el que el avión pierde contacto con el punto de partida y todavía no lo tiene con el punto de llegada. No sé bien cuándo es, tampoco lo quiero averiguar del todo, pero hay un momento en que ya no tiene contacto con Buenos Aires —o con cualquier aeropuerto intermedio—, pero todavía no con el de destino. Con lo cual, a esa formulación de «en medio de la nada», al cielo y al agua infinita se les agrega la ausencia de contacto radial. Y eso es realmente estar bastante en medio de la nada.
El otro comentario que quisiera agregar tiene algo de infantil, porque uno tiene algo de infantil. En la noche, cruzando el océano en especial, en un momento me di cuenta —y con esto uno puede volver a la novela— de que, en el fondo, yo me suponía en un micro, en un ómnibus con chofer.
¿A qué me refiero? A que hay alguien sentado delante, sujetando el volante y mirando. Lo cual tiene sentido en un viaje nocturno por la ruta. Pero está claro que el piloto no hace eso en el avión, porque no ve nada adelante. No hay nada adelante. Nada.
¿Qué sentido tiene que una persona esté cinco horas sentada mirando la nada, la oscuridad absoluta? Ni tampoco precisa sujetar el volante. Entonces hay un momento en que pienso: «No hay nadie sentado. No hay nadie mirando cómo vamos». Ya sé que no hace falta, por eso dije lo de infantil. No me preocupa, y al mismo tiempo qué inquietante pensar que estamos ahí viajando y no hay nadie mirando el camino, si es que la palabra es «camino», por el que estamos yendo.
Todo eso me interesa enormemente. Pero creo que vale la pena retomar a Marc Augé y la impersonalidad de esos no lugares. Porque, si uno pasa de avión, aeropuerto y hotel internacional a ómnibus, terminal de ómnibus y casa del hermano, como ocurre en la novela, o a un hotel de pueblo, un hotel de provincia —de hecho, aparece uno en la novela—, entramos en otro mundo.
A mí esos hoteles me atraen y los conozco mucho. Es muy el mundo de Onetti. Es muy el mundo de Juan Carlos Onetti: esos hoteles con bares, la confitería o el bar del hotel como espacio de sociabilidad en un lugar pequeño.
Entonces ya no es Marc Augé. El ómnibus no tiene la impersonalidad ni la abstracción del avión. La relación con el afuera es distinta. El paisaje está realmente ahí, y yo no lo llamaría «nada», porque los que somos muy urbanos tendemos a llamar «nada» al campo: «Acá no hay nada». Pero no es cierto que no haya nada. O esa nada también puede narrarse y describirse.
Y me parece que es muy distinto el mundo de las terminales de ómnibus. Al contrario: me parece que están multiplicadas de huellas, que son puras huellas. Porque, sobre todo a la noche, ¿quiénes quedan ahí merodeando? ¿Quiénes están despiertos? Son lugares donde permanecen despiertos los que no duermen cuando todos los demás duermen.
Entonces creo que funcionan de un modo muy distinto del no lugar del aeropuerto. Y me parece que La separación tiene mucho más que ver con estos viajes en los que las huellas de lo personal están todo el tiempo ahí, y no con la impersonalidad.
Martín Kohan nació en Buenos Aires en 1967. Enseña Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires. Publicó tres libros de ensayo, dos de cuentos y seis novelas antes de ganar, en 2007, el Premio Herralde de Novela con Ciencias morales, llevada al cine en 2010. Posteriormente publicó Cuentas pendientes; Bahía Blanca; Fuera de lugar; Confesión y La separación.