Carolina Sarmiento: “Las fronteras son lugares ambiguos y, precisamente por eso, enormemente ricos”

Las fronteras suelen entenderse como líneas que separan territorios. Pero también pueden ser espacios de tránsito, lugares donde las certezas se vuelven porosas y las contradicciones afloran con toda su complejidad. Ahí, en ese territorio incierto, sitúa Carolina Sarmiento Las fronteras (Siruela), una novela que se adentra en las fracturas de nuestro tiempo sin renunciar al placer de contar una historia. Aunque el trasfondo de la crisis climática y ecológica recorre toda la narración, Sarmiento rehúye la tentación de escribir un alegato. Prefiere la aventura al panfleto, el símbolo a la consigna y la emoción a la tesis. Así, el viaje de sus personajes termina convirtiéndose también en una exploración de los límites que atraviesan nuestra forma de estar en el mundo: la tensión entre naturaleza y civilización, entre lo político y lo humano, entre el miedo y la esperanza, entre el individualismo y la necesidad de los cuidados. Conversamos con la autora sobre una novela que invita a preguntarnos no solo qué fronteras estamos cruzando como sociedad, sino también cuáles merece la pena derribar para imaginar otras formas de habitar el mundo.

¿Si las soluciones no llegan de forma progresiva y moderada, sino que exigen decisiones drásticas por parte de quienes tienen capacidad de decisión, crees que es el camino adecuado?
Portada de Las fronteras, de Carolina Sarmiento

La verdad es que no lo tengo claro. No estoy segura, porque la experiencia nos dice que, a veces, las decisiones drásticas no cuajan y acaban revirtiéndose. Te pongo un ejemplo. Yo vivo en Gijón y la zona de la playa, que es el escaparate y el principal espacio de convivencia de la ciudad, tiene tráfico. Además del paseo marítimo peatonal, cuenta con cuatro carriles para coches. Durante la pandemia, o justo después, se decidió cortar el tráfico de manera tajante para que la gente pudiera salir a pasear.

Era una reivindicación de parte de la ciudadanía desde hacía tiempo y el ayuntamiento entendió que aquel era el momento oportuno para hacerlo. ¿Qué ocurrió? Hubo denuncias y protestas. El asunto terminó en los juzgados, se perdió el proceso y el Muro, que es como llamamos aquí al paseo marítimo, volvió a tener tráfico.

Con este libro me preguntan mucho por cuestiones relacionadas con el día a día, porque parto de una situación que podría llegar a producirse —o que, en cierta medida, ya está ocurriendo—: el límite de la tierra y la decisión drástica que se toma ante esa realidad.

La novela nació con un impulso dramático, emotivo y aventurero, con todos esos elementos propios de la ficción. Sin embargo, las preguntas suelen dirigirse hacia cuestiones sociales. Ahí tengo que separar a la escritora, que trabaja desde la imaginación y la creación, de la ciudadana. Si respondo como ciudadana, tengo que decir que no lo sé. Gracias al libro he participado en foros sobre ecología y he escuchado a personas muy interesantes. Hay quienes sostienen que la clave está en legislar, pero siempre acompañado de educación.

Por eso no sé cuál es la respuesta. No sé si el camino debe ser la imposición. Aquí, al menos, esa vía no ha funcionado. Me ponían el ejemplo de algún país nórdico donde se decidió cerrar el tráfico en el centro de la ciudad y la ciudadanía simplemente se adaptó. Aquí se intentó hacer algo parecido. Yo estaba a favor de esa medida, pero vi que no funcionó. Lo ideal sería avanzar paso a paso y evitar decisiones tan extremas como la que plantea la novela, que implicaría millones de desplazamientos. No los describo directamente, pero están implícitos: si se deshabitan numerosas localidades, otras acabarán saturándose, lo que generará grandes movimientos de población, desigualdades y situaciones muy difíciles.

No lo sé. Si tuviéramos la respuesta… Tengo un amigo investigador en temas medioambientales que siempre me dice: «Cuando te pregunten sobre esto, no cites vídeos de YouTube, ni divulgadores, ni siquiera ensayos. Dile a la gente que consulte los informes del IPCC». En esos informes participan investigadores de numerosos países, con sensibilidades políticas muy distintas y procedentes de disciplinas como la geología, la biología, la física, la química o la astronomía. Todos aportan sus investigaciones y, con el paso de los años, hemos visto cómo sus predicciones se van cumpliendo, al margen de cualquier sesgo político.

Si fuéramos capaces de hacer caso a ese conocimiento científico, probablemente evitaríamos llegar a situaciones extremas y dolorosas.

Irreversibles, al final.

En realidad, ya estamos viviendo situaciones irreversibles. Hay miles, quizá millones, de especies que ya no pueden recuperarse. Eso ya es irreversible.

¿Qué límites son los que no deberíamos llegar a cruzar? ¿Cuáles son esas fronteras que no deberíamos traspasar?

No se están cruzando: ya se han cruzado. Disculpa que vuelva a un ejemplo local. Aquí tenemos una fábrica de acero y está más que demostrado que los vecinos que viven en sus inmediaciones soportan unos niveles de contaminación altísimos, con consecuencias directas para su salud. Estamos hablando de un problema de salud pública. Creo que ese límite debería ser tan claro como cuando existe un riesgo de accidente laboral y se paraliza una zona de una fábrica para proteger a los trabajadores. En el momento en que existe un riesgo demostrado para la población, y está comprobado que provoca un aumento de enfermedades respiratorias e incluso una mayor incidencia de determinados tipos de cáncer, debería actuarse de inmediato. Para mí, ahí está uno de los límites.

Cuando una industria contaminante está causando un daño demostrado a quienes viven a su alrededor, tendría que realizarse una inversión tecnológica muy importante para reducir ese impacto o, si no es posible, reducir la producción. Creo que hay que poner límites a los grandes focos contaminantes desde el momento en que afectan tanto a la vida de las personas como al medio natural que las rodea. También deberían existir límites para los países que incumplen aquello que miles de investigaciones científicas llevan años demostrando. No puede firmarse un acuerdo climático y, sencillamente, incumplirlo. Eso no puede ser. La cuestión es cómo se obliga a cumplir esos compromisos.

Con los dirigentes que tenemos actualmente, con alguien como Trump, no sé cómo se puede frenar esa dinámica ni cómo hacerle colaborar con el bienestar común. Está contribuyendo a un desastre global. Él, China y tantos otros países a los que se les permite contaminar porque son poderosos. Al final, el megacapitalismo es una vorágine que acaba devorándonos. Para mí esos son los límites. Cuando existe una afección demostrada tanto sobre la salud humana como sobre el entorno natural, habría que detener la actividad y esperar a encontrar la manera de producir sin contaminar.

Pero, insisto, yo no soy ninguna experta. Soy una ciudadana preocupada por el calentamiento global. Si acudimos a los informes y a las predicciones elaboradas por los especialistas, todos apuntan a que este será el verano más fresco de los que están por venir. Por eso creo que lo primero es hacerles caso. Simplemente, hacerles caso.

Hablas de fronteras desde muchos lugares distintos. El propio título, Las fronteras, apunta a esa idea, pero en la novela aparecen muchas: entre realidad y ficción, entre utopía y distopía, entre el margen y el Estado, entre lo permitido y lo prohibido, entre lo moral y lo inmoral. Son muchas las dicotomías que atraviesan el libro.

Las fronteras, llevadas al ser humano, son nuestras contradicciones, tanto las individuales como las colectivas. Hace un momento hablaba de detener la actividad de las industrias contaminantes. Sin embargo, esa decisión genera inmediatamente otro problema: el empleo. Quien vive de ese trabajo dirá: «No me quites el pan que llevo a casa». Ahí aparece una frontera. La frontera entre la necesidad de una persona y la necesidad de otra que quiere vivir en una ciudad donde pueda respirar. Esas contradicciones pueden trasladarse a muchísimos ámbitos.

La novela también habita la frontera entre el sueño y la vigilia. Me fascinan esas primeras horas del día en las que todavía arrastras el último sueño que has tenido y esa sensación sigue impregnando tus primeros pasos, como si la llevaras a la espalda. Al fin y al cabo, no deja de ser algo que el inconsciente ha creado libremente. Esa es una frontera que siempre me ha atraído. También me interesa la frontera entre lo político y lo natural, entre la geografía y las decisiones humanas. A la naturaleza le resulta indiferente dónde trazamos nuestras fronteras; ella continúa avanzando. Somos nosotros quienes intentamos detenerla.

Hay muchas más fronteras en la novela. Pienso, por ejemplo, en la que separa el amor de la amistad. ¿Sabemos realmente dónde está ese límite? ¿Tenemos siempre claro cuándo alguien deja de ser un amigo para convertirse en una persona de la que podríamos enamorarnos? Me parece un territorio profundamente ambiguo. Las fronteras son lugares ambiguos y, precisamente por eso, enormemente ricos. Pensemos en las zonas fronterizas donde se mezclan lenguas, músicas, culturas y formas de vida. Esa mezcla enriquece, aunque también genera incertidumbre.

Además, utilizas muchos símbolos. Está el gran símbolo del caballo, siempre presente: el caballo de Aki, que termina siendo un compañero y un personaje fundamental en la historia. ¿Cómo surge la decisión de introducir un símbolo tan poderoso?

Para mí, el caballo de Aki y el perro son los grandes aliados del protagonista. Ante la ausencia de vínculos humanos, de relaciones con sus vecinos, él se siente mucho más identificado con los animales que con las personas. La novela comienza con un sueño y en ese sueño ya aparece el caballo de Aki. De hecho, el protagonista acaba de verlo. Ahí podía jugar con lo onírico, pero también con lo fantasmagórico, porque el caballo aparece sin Aki. Aki es una ausencia, un silencio. Durante toda la novela no sabemos dónde está.

¿Quién representa entonces a Aki? Su caballo. Sobre él recae toda esa carga simbólica del animal presente en la mitología, pero también del compañero inseparable del ser humano durante siglos: compañero de trabajo, de viaje, de aventuras. Si pensamos en la literatura o en el cine del Oeste, el caballo siempre ocupa ese lugar. Apareció porque mi imaginación lo quiso así, pero después me di cuenta de que sostenía toda la historia. Cuando se publicó la segunda edición me pidieron que volviera a leer la novela para corregir pequeñas erratas y fue entonces cuando descubrí algo de lo que ni siquiera había sido plenamente consciente mientras escribía: el auténtico hilo conductor del libro eran el caballo y el sueño.

La novela deja una reflexión muy clara sobre los cuidados, sobre esa necesidad de cuidarnos mutuamente, de cuidar el planeta y de cuidar también a los seres vivos. Es un tema que permanece de fondo durante todo el libro.

Como te decía al principio, cuando escribí la novela no tenía ninguna intención moralizante. No quería educar a nadie, convencer a nadie ni escribir un alegato. Tampoco quería utilizar la historia para dar lecciones. Mi único propósito era contar una historia llena de pasión, emoción y aventura, una historia que atrapara al lector y le hiciera sentir. Lo que ocurre es que, inevitablemente, cuando escribimos también escribimos desde nuestra sensibilidad y desde la realidad que nos rodea. Todo eso acaba filtrándose en la ficción.

De hecho, la dedicatoria del libro está dirigida a mi padre y a mi madre. En ella pongo el acento en mi madre, que cuida de mi padre y consigue, gracias a ese cuidado, que siga conservando su esencia. Una persona con un deterioro neurológico puede mantener su identidad y su dignidad cuando alguien la acompaña y la sostiene. Los cuidados son fundamentales.

¿Estamos hablando de individualismo frente a la construcción de comunidad?

Creo que vivimos un momento en el que el individualismo se ha impuesto —en parte, por el mal uso que hacemos de las redes sociales, a pesar de que nacieron precisamente para crear comunidad—. Frente a eso, me parecen esenciales tanto los cuidados cotidianos, los que ofrecemos a quienes queremos, como las iniciativas colectivas de asociaciones y personas que cuidan de los demás y también del planeta. Ahí reside, creo, una de nuestras mayores fortalezas como especie. Nuestra verdadera identidad, si queremos llamarla así, debería estar en la capacidad de cuidar colectivamente. Cuando actuamos juntos somos mucho más fuertes. Si no, nos acaba devorando el león.

Un colectivo fuerte hace mejor a nuestra especie. Y no solo porque nos permita defendernos. Si pienso en aquello que mejor define al ser humano, diría que es la cultura. Pero no hablo únicamente de las grandes artes, sino también de esa cultura anónima formada por las canciones, los relatos, la danza, el teatro, la literatura o las historias que nos contamos unos a otros. Incluso la tradición oral, precisamente porque no necesita una firma para existir, me parece algo único y maravilloso. Todo eso solo puede construirse desde lo colectivo.

¿Nos estamos perdiendo como seres humanos?

La novela está protagonizada por un hombre profundamente deshumanizado. Ha perdido la fe en las personas porque ha participado en demasiadas guerras como soldado profesional y ha conocido lo peor del ser humano. Por eso acepta sin reservas la decisión de devolver la mitad del planeta a la naturaleza. Comparte esa idea que hoy expresan muchas personas cuando afirman que quizá merecemos extinguirnos porque nos hemos convertido en un agente devastador para la Tierra.

Él piensa así. Ha perdido la capacidad de sentir. Pero aparece alguien que consigue despertarlo de nuevo, alguien que le devuelve esa sensibilidad. Y ese verbo, sentir, es uno de los más importantes de toda la novela. Aki devuelve la humanidad al protagonista. Por eso, aunque no me gustan las moralejas, sí creo que una de las reflexiones que puede suscitar la novela es que, cuando una persona se ha quebrado y ha perdido la fe, la aparición de alguien luminoso, capaz de quererla y de cuidarla, puede ayudarla a recuperar aquello que creía perdido.

Carolina Sarmiento (Oviedo, 1981) ha publicado las novelas Tarada y Vrësno, el libro de relatos Anima­les urticantes y los poemarios Ikiru y Vér­tigo en la boca. Vive en Gijón, es licenciada en Comunicación Audiovisual y trabaja como periodista en los informativos de la Radio Televisión del Principado de Asturias.

1 comentario en «Carolina Sarmiento: “Las fronteras son lugares ambiguos y, precisamente por eso, enormemente ricos”»

  1. Recomiendo el libro y a la autora. Me gusta como desde la ficción toca temas de actualidad muy potentes… Como en este caso el de las fronteras, que como bien se refleja en esta entrevista son fronteras en distintos niveles de la existencia. Gracias y a seguir escribiendo!

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