Dos autores procedentes de mundos distintos —la literatura y la ciencia— se encuentran bajo un árbol. De esa conversación sostenida en el tiempo nace Un árbol de compañía (Páginas de Espuma), un libro híbrido donde la botánica dialoga con la experiencia vital, la amistad crece al ritmo de la escritura y los árboles se convierten en una forma de pensar el cuidado, el arraigo, la lentitud, la vida. Hemos hablado con Clara Obligado y Raúl de Tapia sobre el origen del libro, su proceso de escritura compartida, la metáfora del árbol como biografía y la necesidad urgente de reaprender a mirar la naturaleza como parte de nosotros mismos.
Un árbol de compañía nace de un gesto casi intuitivo, pero también de un recorrido previo de ambos. ¿Cómo surge realmente la idea del libro?

Clara Obligado. Yo venía de escribir Todo lo que crece, que ya estaba muy ligado a la naturaleza, y me quedó una sensación clara: todavía no había hablado de los árboles. El problema era que yo no sabía tanto. O mejor dicho, no sabía desde el lugar desde el que suele hablarse de los árboles. Conocí a Raúl en un curso —fue alumno mío— y después nos encontramos varias veces. Cada vez que coincidíamos, me contaba algo sobre los árboles que me abría una puerta distinta. Un día me desperté de la siesta y pensé: tengo que escribir con Raúl. Lo llamé inmediatamente y empezamos una aventura que duró dos años.
Raúl de Tapia. Nos conocíamos de manera muy somera. Clara había leído cosas mías y yo conocía su obra, pero no había una relación cercana. Coincidíamos en actos donde a ella la invitaban a hablar de literatura y a mí a hablar de árboles, de botánica, de divulgación científica. Hasta que en uno de esos encuentros hubo más proximidad. Y un día me llamó y me dijo que había soñado que escribíamos juntos un libro sobre árboles. Me dejó desconcertado, pero le dije que sí. Empezamos sin saber qué iba a ser el libro, ni cómo se iba a escribir.
Ese desconocimiento inicial parece fundamental en el proceso. ¿Cómo encontrasteis una forma común de escritura?
Raúl de Tapia. Al principio fue muy difícil. Venimos de mundos muy distintos. Yo soy biólogo, trabajo en ciencia aplicada y divulgación científica; Clara viene del mundo de la literatura y de la enseñanza de la escritura. Ella es muy sintética, yo necesito desarrollar mucho, porque así se cuenta la ciencia. Además, llevo años escribiendo para la radio y ahí tienes que ser extremadamente descriptivo. Sin embargo, todo se sostuvo desde el principio en una conversación constante. Clara hacía preguntas muy abiertas, muy imaginativas, preguntas que creo que también se haría alguien que no convive a diario con los árboles. Cuando yo respondía y ella sentía que algo estaba claro, me decía: “vale, ahora escríbemelo”.
Clara Obligado. Fue un proceso de pulido continuo. A veces lo que él mandaba era demasiado árido y había que transformarlo; otras veces lo mío era demasiado disperso y había que precisar. Tardamos muchísimo en arrancar. Hasta que en un momento tomé una decisión: escribir en primera persona. Le dije a Raúl: esto va a ser así y aquí mando yo, porque si no vamos a estar cinco años dando vueltas. Él aceptó con una generosidad enorme. Yo me metí en su cabeza, él confió en mí, y todo se negoció: lo que se contaba, lo que no, lo que se corregía.
En ese proceso no solo se construye el libro, también crece una amistad.
Clara Obligado. Sí, el libro tiene muchas capas. Una es la de los árboles, evidentemente. Otra es cómo crece una amistad cuando uno está dispuesto a hablar de verdad. Otra es la relación entre ciencia y letras, que suelen estar muy separadas y aquí dialogan. Y además el libro cuenta cómo se escribió: los problemas, los robos mutuos, las dudas. Es muy sincero.
Raúl de Tapia. El libro acaba siendo casi un tercer ente. Un confesor. Guarda lo que se cuenta y también lo que no se escribe. Venimos de experiencias vitales muy distintas: Clara se siente extranjera, ha migrado; yo no he tenido que hacerlo nunca. Ella compara constantemente los paisajes de aquí con los de Argentina. Esa diferencia atraviesa el libro. También lo atraviesa el viaje: lo escribimos desde muchos países distintos, mientras la vida seguía. La itinerancia acaba siendo un personaje más.
En el libro aparece con mucha fuerza la idea de arraigo, pero también la del movimiento constante. ¿Cómo dialogan la permanencia del árbol y la itinerancia humana?
Raúl de Tapia. El árbol es, por definición, permanencia. Es sésil: una vez germina, el lugar donde está ya no se puede cambiar. Toda su vida se construye desde esa quietud. En nuestro caso ocurre lo contrario: vivimos desde el movimiento, desde la posibilidad —o la necesidad— de desplazarnos. Eso abre una reflexión muy profunda sobre quién se queda, quién se mueve y quién se ve obligado a hacerlo. Yo no he tenido que migrar nunca, y soy muy consciente de que eso es un privilegio enorme. No me imagino viviendo lejos de mis árboles, de mis paisajes. Clara, en cambio, vive con esa memoria constante del desarraigo.
Clara Obligado. Para mí el arraigo no es solo quedarse, también es aprender a echar raíces en lugares distintos. Yo soy extranjera y eso atraviesa todo el libro. Comparo paisajes, árboles, formas de estar en el mundo. El árbol me interesa porque parece inmóvil, pero en realidad se mueve de muchas maneras: por debajo, por las raíces, por las semillas que viajan. El libro dialoga mucho con esa tensión.

Esa tensión entre moverse y quedarse atraviesa también vuestra forma de viajar y de escribir.
Raúl de Tapia. El libro se escribió viajando. Clara estaba en ferias del libro, en Nueva York; a mí me pilló en los Alpes, en Austria, con nieve hasta la cintura. Nos mandábamos fotos del borrador del libro desde lugares completamente distintos. La itinerancia fue un personaje real. Además, mi relación con los caminos viene de lejos: la trashumancia, los viajes lentos, los desplazamientos que te meten en el paisaje. Los caminos existen porque alguien los necesita. Cuando esa necesidad desaparece, los caminos se borran.
Clara Obligado. A mí me interesa mucho esa idea: cómo los caminos cuentan una historia de necesidades, de vínculos. Cuando desaparecen los caminos, desaparece también una forma de estar en el mundo. El libro habla de eso sin proponérselo de manera teórica: aparece en las anécdotas, en los viajes, en la comparación constante entre paisajes.
El árbol funciona también como una gran metáfora de la vida humana. ¿En qué sentido nos ayuda a pensarnos?
Raúl de Tapia. El árbol es profundamente distinto a nosotros respecto al movimiento. Pero compartimos ciclos: infancia, madurez, senectud. Los árboles escriben su biografía en los anillos; nosotros también tenemos nuestros anillos, aunque no se vean. Hay años de crecimiento y años de sequía, incendios emocionales, tormentas que nos marcan. Y luego está la longevidad: muchos árboles nos trascienden. Cuando te colocas delante de un árbol de quinientos años, entiendes que eres apenas un capítulo de su historia.
Clara Obligado. Pensar el árbol es pensarnos. No son tan distintos a nosotros: tienen que alimentarse, sobrevivir, reproducirse, crear estrategias. Lo que pasa es que las suyas son otras. Quizá deberíamos aprender de ellas. Los árboles son lentos, y esa lentitud tiene que ver con el cuidado, que es un esencial, y como todos los temas esenciales se ponen en el segundo plano. Cada vez más hay una ética del cuidado. Cada vez más entendemos eso. El cuidado y la lentitud. A un niño no lo puedes hacer crecer, no lo puedes estirar en un mes para que tenga 18. Cuando nace, nació, y te tienes que aguantar hasta los 18, irá con toda su lentitud. Porque si vamos rápido, nos cargamos el planeta.
En este sentido, el libro tiene también una dimensión ética y política muy clara, pero no desde la denuncia pura. Hay una reivindicación que pasa por la acción.
Clara Obligado. A mí me interesaba mucho que el libro no se quedara en una postura negativa o meramente acusatoria. La distopía es fácil: decir que todo está mal, que vamos hacia el desastre. Pero la utopía es mucho más difícil y, sin embargo, es necesaria. No se puede construir nada desde un pesimismo absoluto. Me parecía importante reivindicar una forma de activismo optimista, que no se limite a señalar lo que se destruye, sino que proponga gestos concretos, posibles.
Por eso aparece la idea de hacer cosas: plantar árboles, crear espacios compartidos, implicar a personas que escriben, que leen, que piensan. El proyecto del bosque de los libros nace de ahí: escribir mata árboles, porque el libro es celulosa, pero también podemos devolver algo. No como una compensación ingenua, sino como una acción simbólica y real a la vez. Hacer, no solo decir.
Creo que el arte tiene que trabajar en ese lugar: transmitir conocimiento, generar conciencia, pero también abrir una posibilidad de futuro. Aunque el mundo esté mal, aunque sepamos que muchas batallas se pierden, hay que seguir actuando. La esperanza no puede ser pasiva.
Raúl de Tapia. El libro tiene una parte de activismo clara, pero muy pegada a lo real. Reivindica plantar, recuperar bosques, trabajar con el territorio y con las personas. Los árboles no son solo paisaje: generan sonido, refugio, vida. Un paisaje sin árboles es bidimensional, profundamente solitario.
¿De qué manera los árboles nos acompañan frente a la soledad?
Clara Obligado. El árbol es el otro. El diálogo con el otro —una persona, un jardín, un árbol— te saca del individualismo y te obliga a pensar en comunidad. Si no pensamos en comunidad, estamos perdidos.
Raúl de Tapia. Imaginar un día sin árboles es imaginar un día aún más solitario. Los árboles imprimen profundidad al paisaje y a la vida. Nos acompañan sin pedir nada.
Clara Obligado nació en Buenos Aires. Exiliada política de la dictadura militar, desde 1976 vive en España. Es licenciada en Literatura, y ha dirigido los primeros talleres de Escritura Creativa que se organizaron en este país, actividad que ha llevado a cabo para numerosas universidades y diversas instituciones y que realiza de forma independiente. En 1996 recibió el premio Femenino Lumen por su novela La hija de Marx y en 2015 el premio de novela breve Juan March Cencillo por Petrarca para viajeros. Ha publicado con Páginas de Espuma las antologías Por favor, sea breve 1 y 2, y los volúmenes de cuentos Las otras vidas, El libro de los viajes equivocados, La muerte juega a los dados, La biblioteca de agua y Tres maneras de decir adiós. Tiene numerosos libros de ensayo, entre ellos Una casa lejos de casa: la escritura extranjera (2020) y Todo lo que crece. Naturaleza y escritura (2021). Es colaboradora en medios periodísticos y su obra ha sido traducida a diferentes idiomas.
Raúl de Tapia es biólogo y degustador de paisajes. Divulgador ambiental y escritor. Miembro de la Red Internacional de Escritores por la Tierra. Trabaja a diario en la restauración de ecosistemas y la renaturalización urbana. Junto al equipo que dirige en la Fundación Tormes-EB ha recibido numerosos reconocimientos como el Premio Nacional de Medio Ambiente o el Premio Luz Verde de WWF y Onda Cero Radio. Como escritor ha recibido el Premio Nacional Tundra de Literatura de Naturaleza por su libro Arboreto sonoro y el Premio de Poesía “Cristóbal de Castillejo”. Es colaborador habitual en el programa El Bosque Habitado de Radio 3 (RNE) y Gente Viajera de Onda Cero.