Hay lugares que parecen existir únicamente porque sabemos que nunca iremos a ellos. Islas perdidas en mitad del océano, apenas un punto en el mapa, rodeadas por miles de kilómetros de agua y de silencio. Su sola existencia alimenta una vieja fantasía: la de un territorio intacto, ajeno al ruido del mundo, donde todavía sería posible comenzar de nuevo. Desde la Utopía de Tomás Moro hasta las novelas de aventuras, pasando por el imaginario turístico contemporáneo, la isla ha encarnado la promesa de una vida aparte.

Atlas de islas remotas, de Judith Schalansky (Nórdica y Capitán Swing), comienza precisamente desmontando esa ilusión.
Lejos de reunir cincuenta paraísos inaccesibles, Schalansky compone un atlas de las heridas del planeta. Desde las primeras páginas, el prefacio advierte que muchas de estas islas fueron convertidas en escenarios de ensayos nucleares, colonias sometidas al expolio, prisiones donde el aislamiento servía de castigo, laboratorios políticos o territorios devastados por la explotación de sus recursos. La distancia, lejos de protegerlas, las hizo vulnerables. Como si el océano hubiera funcionado también como una frontera moral, un espacio donde la mirada del mundo dejaba de alcanzar y donde todo parecía estar permitido.
El libro invita entonces a preguntarse por una paradoja. ¿Por qué seguimos soñando con estos lugares? ¿Por qué la lejanía continúa ejerciendo sobre nosotros una atracción casi magnética si la historia demuestra que, demasiadas veces, esas geografías fueron el escenario de algunas de las formas más extremas de violencia?
Contra el imaginario occidental
La respuesta quizá tenga menos que ver con las islas que con nuestra manera de imaginarlas. El pensamiento occidental ha proyectado sobre ellas una fantasía persistente: la existencia de espacios vírgenes, disponibles para ser nombrados, explorados o conquistados. La isla ha sido, durante siglos, el lugar donde parecía posible empezar la historia desde cero. Esa ficción alimentó no pocas empresas coloniales y encontró una de sus expresiones más perversas en la doctrina de la terra nullius: la idea de que un territorio podía considerarse vacío porque quienes lo habitaban no eran reconocidos como sujetos de derecho. Schalansky desmonta esa mirada desde la primera página. Ninguna de sus islas está vacía. Todas llegan cargadas de memoria, de conflictos y de vidas anteriores a cualquier cartografía.
Resulta inevitable pensar aquí en la heterotopía descrita por Michel Foucault: esos lugares reales que funcionan como espacios «otros», donde las relaciones sociales aparecen condensadas, desplazadas o invertidas. Hospitales, cementerios, jardines, barcos, colonias o prisiones constituían para Foucault escenarios privilegiados para observar el funcionamiento de una sociedad. Las islas reunidas por Schalansky participan de esa condición heterotópica, aunque introducen una variación decisiva. No son espacios separados porque vivan fuera del mundo, sino porque el propio mundo decidió situarlos fuera de su campo de visión. La separación geográfica produjo una peligrosa separación ética. Cuanto más remoto parecía un territorio, más sencillo resultaba convertirlo en laboratorio, vertedero, cárcel o colonia.
Cartografiar las heridas
Sin embargo, el atlas demuestra justamente lo contrario de lo que promete su título. Ninguna de estas islas está aislada. Todas se encuentran atravesadas por las mismas fuerzas que modelan el resto del planeta: el colonialismo, las rutas comerciales, la explotación económica, la carrera militar, el extractivismo o el deterioro ecológico. La periferia termina revelando el funcionamiento del centro. Las islas dejan de ser una excepción geográfica para convertirse en una reproducción a escala del mundo contemporáneo.
En este sentido, el atlas también cuestiona una determinada forma de mirar la naturaleza. Allí donde la tradición occidental creyó descubrir un paisaje intacto, Schalansky revela un territorio atravesado por relaciones de poder. La naturaleza deja de ser el fondo inmóvil de la historia para convertirse en uno de sus protagonistas. La isla ya no representa el origen de un mundo nuevo, sino el lugar donde ese mundo ha dejado sus huellas con mayor nitidez.
Cada una de las cincuenta historias opera como un relato condensado. Schalansky apenas necesita unas páginas para fijar el episodio que define un territorio: un naufragio, una desaparición, una ocupación colonial, una catástrofe ecológica o una decisión política. No busca elaborar una historia exhaustiva, sino encontrar ese instante donde la geografía y la memoria quedan definitivamente unidas. Como si cada isla conservara un acontecimiento capaz de explicar no solo su identidad, sino también una forma de relacionarnos con la Tierra.
Una lectura desde la ecocrítica y la ecopoesía
Es precisamente aquí donde el libro encuentra una inesperada afinidad con la ecocrítica. Más allá de su extraordinaria belleza editorial, Atlas de islas remotas propone una nueva forma de leer el paisaje. Judith Schalansky no cartografía únicamente territorios; cartografía cicatrices.
Desde hace décadas, la ecocrítica ha insistido en que la naturaleza no puede entenderse como un mero escenario donde se desarrolla la historia humana. El paisaje también participa de ella. Conserva memoria. Acumula las consecuencias de nuestras decisiones. En ese sentido, las islas del atlas constituyen auténticos paisajes heridos.
No se trata únicamente de ecosistemas degradados. Un paisaje herido es aquel donde la violencia ha dejado de ser un acontecimiento para convertirse en geografía. El daño permanece inscrito en los arrecifes destruidos por las explosiones, en los atolones contaminados por la radiactividad, en las especies extinguidas, en los bosques arrasados o en las cicatrices abiertas por la colonización. El territorio conserva una memoria que ningún mapa consigue borrar.
Esta lectura aproxima el libro a muchas de las intuiciones de la ecopoesía contemporánea. También allí la naturaleza deja de ser un refugio idealizado para convertirse en una presencia que interpela al lector. El paisaje habla, pero ya no lo hace desde la armonía romántica, sino desde la huella del daño. Leer un bosque, un río o una isla implica aprender otra alfabetización: descubrir que la geografía es también una escritura.
Quizá por eso los mapas que dibuja Schalansky resultan tan fascinantes. Su belleza nunca es complaciente. Cada página enfrenta al lector con una contradicción constante: cuanto más hermoso parece el territorio, más incómoda suele ser la historia que alberga. El atlas funciona así como una elegante trampa visual. Nos atrae mediante la promesa del viaje para conducirnos, en realidad, hacia una reflexión sobre la memoria, el poder y nuestra forma de ocupar el planeta.
Al terminar Atlas de islas remotas comprendemos que ningún territorio es virgen. Todo paisaje es un palimpsesto donde la geología y la historia escriben juntas. Bajo la belleza de los mapas asoman siempre otras capas: las del expolio, el desplazamiento, la violencia o la resistencia. Quizá esa sea la mayor enseñanza del libro de Judith Schalansky: que viajar ya no consiste únicamente en desplazarse, sino en aprender a leer las cicatrices de la Tierra.

Judith Schalansky (Greifswald, 1980) es una escritora, diseñadora gráfica y editora alemana. Estudió Historia del Arte en la Universidad de Berlín y Diseño de la Comunicación en la FH Potsdam. Novelista reconocida, ganadora de un premio como diseñadora gráfica y gran aficionada a los atlas desde pequeña, ha trabajado en su libro Atlas de islas remotas durante años, creando su propio atlas de los lugares más solitarios del mundo.