De cómo la literatura creaba imaginarios científicos

Recuperar un texto siempre es recuperar una forma de mirar. No sería justo releer sin cambiarnos los ojos, sin colocarnos aquellos de quienes comprendían un mundo donde no se había generado determinado conocimiento. Nevaban mariposas, publicado recientemente por Nórdica, rescata las páginas que Charles Darwin escribió durante su viaje a bordo del Beagle atravesando la Patagonia y el extremo austral de América. Lo que el lector encuentra no es únicamente el testimonio de un científico en formación, sino también la voz de un narrador enfrentado a un mundo que para sus contemporáneos europeos resultaba casi inimaginable y del cual existían apenas unas referencias documentadas.

El título original, mucho más descriptivo, remitía al diario de un naturalista que recorría el mundo observando paisajes, especies y formas de vida. La elección de Nórdica introduce desde el primer momento una dimensión poética que transforma la lectura. Fue el comentario al vuelo de un marinero al ver una nube de mariposas rodeando la embarcación. Pero es también la idea que recrea el texto en una lectura más lírica: la contemplación asombrada de una naturaleza capaz de desbordar las categorías habituales con las que intentamos comprenderla. Antes incluso de abrir el volumen, podemos intuir que no nos encontramos únicamente ante un documento científico, sino ante una mirada.

Esa misma voluntad de reinterpretación aparece en las ilustraciones de la artista griega afincada en Madrid Eleni Papachristou. Sus imágenes nos acompañan en una suerte de viaje paralelo. No ilustran tanto lo que Darwin vio como aquello que sintió al enfrentarse a territorios que para él y para sus contemporáneos se encontraban en los límites mismos de lo conocido. La Patagonia emerge así como espacio físico y como territorio imaginario, como geografía y como símbolo.

Quizá sea esta una de las mayores virtudes de la edición. Nos recuerda que Darwin fue un viajero que había aprendido a mirar. Resulta difícil acercarse hoy a Darwin sin que su figura aparezca proyectada por la sombra de El origen de las especies. Sabemos quién llegará a ser y conocemos la revolución intelectual que desencadenará. Sin embargo, el Darwin que emerge de estas páginas es todavía un viajero. Observa, anota, describe y se maravilla. Recorre territorios cuya geografía apenas era conocida por la mayoría de sus lectores europeos y trata de traducir en palabras aquello que encuentra. Es un hombre que intenta comprender el mundo.

Ciencia y literatura

Quizá una de las cuestiones más fascinantes que plantea esta lectura sea precisamente la relación entre ciencia y literatura. Hoy tendemos a percibirlas como disciplinas separadas. La ciencia pertenece al ámbito de los datos y la demostración; la literatura, al de la imaginación y la sensibilidad. Pero durante buena parte del siglo XIX ambas esferas todavía viajaban juntas.

Darwin escribe como naturalista, sin duda. Sus páginas están llenas de observaciones sobre animales, fósiles, accidentes geológicos y fenómenos naturales. Sin embargo, la mirada científica convive constantemente con la voluntad narrativa. La descripción rigurosa deja paso a la evocación del paisaje; el inventario de especies se mezcla con la experiencia íntima del asombro. Como ha señalado la crítica de la literatura de viajes, Darwin participa de una tradición que encuentra en Alexander von Humboldt uno de sus grandes referentes: una escritura capaz de combinar observación racional y emoción estética, ciencia y relato.

No es casual que la influencia de Darwin trascendiera el ámbito científico. Como recuerda Gioconda Marún en su estudio sobre la recepción del naturalista en Argentina, sus teorías y su forma de entender el mundo terminaron influyendo también en escritores, intelectuales y movimientos culturales. La modernidad literaria y la modernidad científica compartieron durante mucho tiempo un mismo horizonte de preguntas.

Narrar el mundo

Pero Nevaban mariposas permite reflexionar también sobre algo más profundo: la manera de narrar el mundo cuando gran parte de él permanecía fuera del horizonte de experiencia de los lectores.

Hoy viajamos acompañados por fotografías, mapas interactivos, vídeos y millones de imágenes disponibles al instante. Para un lector europeo de 1839, la Patagonia, Tierra del Fuego o los confines australes del continente eran espacios casi legendarios. Existían más en la imaginación que en el conocimiento directo. El viaje era entonces una experiencia de descubrimiento, pero también una operación narrativa.

Quien observaba era también quien interpretaba. Quien describía era quien construía la imagen que otros tendrían de aquellos lugares.

En este sentido, Darwin forma parte de una larga genealogía de exploradores, cronistas y viajeros que contribuyeron a configurar la representación europea de América. Sus relatos no transmitían únicamente información geográfica o científica. También producían significado. Ayudaban a construir un imaginario.

Mary Louise Pratt ha explicado este fenómeno mediante el concepto de “zonas de contacto”: espacios donde culturas geográficamente alejadas entran en relación y se observan mutuamente. La Patagonia que aparece en estas páginas es precisamente uno de esos lugares. Allí se encuentran la mirada europea y las sociedades indígenas fueguinas; allí se cruzan formas distintas de comprender la naturaleza, la cultura y la vida.

Las páginas dedicadas a los fueguinos son especialmente reveladoras. En ellas admiramos la extraordinaria capacidad descriptiva de Darwin, pero también advertimos los límites culturales de su mirada. Como tantos hombres de su tiempo, contempla a los pueblos indígenas a través de las categorías de progreso, civilización y desarrollo características de la Europa decimonónica. Los juzga, los interpreta y, a veces, los malinterpreta.

Sin embargo, reducir estos textos a sus prejuicios históricos sería una simplificación injusta. Lo verdaderamente interesante es observar cómo el viaje obliga constantemente a revisar certezas. Darwin llega a la Patagonia convencido de determinadas ideas y regresa con muchas de ellas transformadas. El encuentro con lo diferente no solo le proporciona datos científicos; modifica también su forma de pensar.

Por eso estos relatos tuvieron una importancia enorme en la construcción del imaginario occidental. La mayoría de quienes los leían jamás pondrían un pie en América del Sur. Su visión del continente procedía de las páginas escritas por viajeros europeos. Aquellas narraciones moldearon percepciones, despertaron curiosidades, alimentaron estereotipos y contribuyeron a fijar imágenes que perdurarían durante generaciones.

Leído desde el presente, Nevaban mariposas nos permite asistir al momento mismo en que esas imágenes están naciendo.

Quizá esa sea la mayor virtud de esta recuperación editorial. No nos devuelve únicamente al Darwin científico ni siquiera al Darwin viajero. Nos devuelve a una época en la que conocer y contar eran actividades inseparables. Una época en la que la ciencia todavía necesitaba de la literatura para comunicar el descubrimiento y en la que la palabra escrita seguía siendo una herramienta fundamental para ampliar los límites del mundo conocido.

Las ilustraciones de Eleni Papachristou y el hermoso título elegido por Nórdica subrayan precisamente esa dimensión. Nos recuerdan que el viaje del Beagle fue también una aventura narrativa. Que antes de convertirse en teoría, todo conocimiento fue alguna vez relato. Y que antes de ser explicado, el mundo tuvo que ser contado.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.