Duelo, maternidad y cuerpo en tránsito en Diario de una mudanza, de Inés Garland

En Diario de una mudanza (Alfaguara), Inés Garland convierte un hecho aparentemente menor, el traslado de una casa a otra, en el eje simbólico desde el cual se despliegan algunas de las experiencias más hondas y universales de la vida adulta: el duelo por quienes ya no están, la aceptación de que los hijos se van y la toma de conciencia del propio cuerpo que envejece. La mudanza no es solo un movimiento en el espacio; es, sobre todo, un desplazamiento interior. Un pasaje.

La escritura adopta la forma de un diario fragmentario, íntimo, donde la autora registra gestos cotidianos, recuerdos que emergen de los objetos y pensamientos que se filtran sin orden aparente. Esta estructura es clave: la mudanza, como la vida, no se organiza de manera lineal. Se avanza y se retrocede, se empaca y se desarma, se conserva y se descarta. Garland escribe desde ese desorden productivo, donde cada caja abierta es también una grieta en la memoria.

Esta escritura discontinua refleja la experiencia de las transiciones vitales, que no se despliegan de forma lineal ni ordenada. Como en los diarios y ensayos autobiográficos de Annie Ernaux, el yo que escribe no se presenta como una entidad cerrada, sino como un lugar de cruce entre la memoria personal y una experiencia generacional compartida.

El duelo ocupa un lugar central en el libro. La mudanza reactiva la pérdida, no como acontecimiento pasado, sino como presencia persistente. Cada objeto conservado o descartado exige una toma de posición afectiva. Garland se sitúa aquí en una tradición de escritura del duelo que renuncia a la idea de “superación” y entiende la pérdida como una reorganización permanente del mundo. En este punto, el diálogo con Joan Didion resulta especialmente significativo: al igual que en El año del pensamiento mágico, el duelo no se narra como un proceso ejemplar, sino como una experiencia desordenada, atravesada por la repetición, la irrupción del recuerdo y la fragilidad de las certezas.

A esta despedida definitiva se suma otra, menos trágica pero igualmente decisiva: la partida de la hija del hogar familiar. La casa que se vacía deja al descubierto una maternidad en transición. Garland observa este momento con una mezcla de lucidez y contención emocional, sin idealizar el vínculo materno ni dramatizar su transformación. Como ocurre en los textos de Ernaux o Vivian Gornick, la maternidad aparece como una experiencia históricamente situada, atravesada por expectativas sociales y por una redistribución desigual de los cuidados, pero también como un vínculo que se reinventa cuando la convivencia deja de ser su centro.

Este desplazamiento del eje materno se articula con una reflexión más amplia sobre el cuerpo y el paso del tiempo. El climaterio y la menopausia emergen en el texto como un umbral silencioso. Garland aborda estos cambios con una mirada atenta, sin estridencias, en una línea que recuerda a Nora Ephron, quien ha sabido escribir sobre el envejecimiento femenino desde el humor, la ironía y la aceptación crítica. Al igual que Ephron, Garland no convierte el cuerpo que envejece en un problema, sino en un territorio que exige ser escuchado y reinterpretado.

El cuerpo aparece como otro territorio en mudanza. La autora registra los cambios físicos y emocionales sin dramatizarlos, pero tampoco sin ocultarlos. La menopausia no es presentada como un final, sino como una transición que obliga a renegociar la relación con el propio cuerpo, con el deseo, con la imagen de una misma.

La aceptación del envejecimiento no se plantea como una resignación, sino como una forma de desapego consciente. Así como hay que decidir qué objetos acompañarán la nueva etapa y cuáles deben quedarse atrás, también hay que aprender a soltar ciertas expectativas, ciertas versiones de una misma.

Garland sugiere que en ese soltar hay dolor, pero también alivio. Menos peso. Menos cajas que cargar. La aceptación del envejecimiento aparece ligada a una práctica del desprendimiento. Avanzar en la vida exige soltar ciertas narrativas heredadas sobre la juventud, la maternidad o la productividad.

Desde una perspectiva feminista implícita, Diario de una mudanza pone en valor experiencias tradicionalmente relegadas al ámbito de lo privado: el duelo doméstico, la casa como espacio simbólico, el cuerpo femenino que cambia. No hay aquí una reivindicación explícita, pero sí una operación política sutil: narrar estos procesos con seriedad literaria es una forma de disputar su invisibilidad.

Inés Garland construye un libro que rehúye las grandes afirmaciones y confía en la potencia de lo mínimo. Diario de una mudanza dialoga con una genealogía de escritoras que han pensado el paso del tiempo, el cuerpo y la pérdida sin complacencia ni grandilocuencia. En ese diálogo discreto, el texto se afirma como una reflexión profunda sobre la vida en tránsito: mudarse, en última instancia, como una forma de aprender a seguir viviendo.

Inés Garland es escritora, traductora y coordinadora de talleres de narrativa. Sus obras para adultos, jóvenes y niños han sido traducidas a varios idiomas y sus relatos forman parte de antologías en diferentes lenguas. Es autora de los libros de cuentos La arquitectura del océano y Con la espada de mi boca, y de las novelas El rey de los centauros, Una reina perfecta y Una vida más verdadera. Publicó también las novelas para jóvenes Piedra, papel o tijera, Lilo De la boca de un león. Entre otros, tradujo a Tiffany Atkinson, Sharon Olds, Lydia Davis, Lorrie Moore, Mavis Gallant, Jamaica Kincaid, Julie Hayden y Bette Howland.

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