Montserrat Iglesias narra en La marca del agua (Lumen) la historia de su familia y del pueblo de su familia, sumergido bajo un pantano. Pero lo hace desde la universalidad que ofrece la ficción, de manera que esta familia, con sus muertos, y este pueblo, podrían ser los de cualquiera: una familia en el debate entre la tradición y el progreso, entre el arraigo y la nostalgia, entre lo inmutable y el movimiento perpetuo. Iglesias habla sobre todo de familia, de identidad familiar y de la necesidad de contar.

La marca del agua es una novela que explora la movilidad forzosa no desde la pertenencia o la identidad sino desde el lugar de la familia y los muertos. ¿De qué manera funciona en este marco el tema de los pueblos sumergidos?
A mí me sirve para crear metáforas, para hacer de eso algo literario, pero los temas que a mí me obsesionan son familia y muerte, y la muerte de mi familia, fundamentalmente la muerte de mis padres. Por eso empieza la novela así “¿qué les vamos a decir a los muertos?” Que se quedan aquí, que se quedan nuestras raíces, y que nosotros nos vamos con el progreso a otro lado. Este es también un tema muy actual, porque de alguna forma somos tan modernos que perdemos nuestras raíces, perdemos nuestra raigambre. Lo del pantano es una mera metáfora.
Aparece como una amenaza prolongada en el tiempo, que los vecinos van asumiendo o no.
Ahí hay una bipolaridad, por un lado Marcos y por otro Vitoria. Vitoria es la mujer a quien le da mucha pena dejar el pueblo y dejar sus raíces, pero mira al futuro, dice “esto es lo que hay”, que es lo típico de la mujer castellana, de la mujer rural, “esto es lo que hay, estas son lentejas, pues con esto que hay, con estos bueyes hay que arar y adelante”. Sin embargo, Marcos no se puede desenganchar de lo antiguo, no se adapta y no le da la gana adaptarse.
De hecho, se convierte en un personaje peor al final. El momento más triste de la novela es el final, cuando deja de hablar a Noble, y eso quiere decir que ya se ha rendido a la mentalidad de lo moderno y asume que se va a marchar. Esa bipolaridad sí que es importante en el libro.
Y también es muy importante que él cargue con sus muertos. A mí me recuerda a la novela Quebrada de Mariana Travacio, que también es alguien que no se puede ir de su pueblo porque es ahí donde están enterrados todos sus antepasados. Entonces, lo que hace es cargarlos en un carro y partir con ellos.
No lo he leído, pero se parece mucho. Eso sí que fue un hallazgo que mejoró muchísimo la novela. La escribí en el contexto de la Escuela de Escritores de Madrid. Yo iba leyendo las cosas que iban surgiendo, iba exprimiendo mis ideas en el grupo. Tenía muchísimos problemas de estructura. Sara se queda en el pueblo, él va a buscar ayuda, pero hay que volver otra vez por ella porque no se puede quedar allí porque yo tenía claro que allí no se iba a quedar, pero en ningún momento se me ocurrió cargarla dentro del carro.
Y un compañero colombiano me dijo ¿y por qué no se la lleva en el carro? Y de repente, cuando tuvo que cargar a la muerta es cuando aparece el carro, cuando aparece el caballo, cuando aparece todo.
Eso hizo que todo, incluso el elemento espacial, fluya muchísimo mejor. Responde a la idea que tú dices de que los muertos no se podían quedar en el pueblo antiguo, que él tenía que llevar a lo más querido, que era su hermana.
Esa estructura que comentas también distancia esta novela de otras que hablan de los pueblos sumergidos por los pantanos. En el marco de dos, tres años se publican varios libros sobre este tema, pero en general se enmarcan más en el periodismo narrativo o testimonial o incluso la investigación antropológica. Tú apuestas claramente por ficción, aunque detrás hay mucha realidad.
Sí, sí, hay algo real. Yo tenía esta historia, que era la historia de mi abuelo, que se llamaba también Marcos. La primera idea era escribir la historia de mi abuelo y de sus paisanos y de lo que sufrieron por marcharse y desarraigarse. Al principio quería hacer eso y no saltarme nada, que no se me fuera ni una puntada de esa realidad.
Pero la novela no funcionaba, yo no conseguía arrancar, no daba con la voz, no daba con la estructura, no daba con nada, hasta que un día, eso sí que fue una epifanía mía y no de ningún compañero, me levanté y me dije “todo tiene que ser ficción, lo único que tengo que conservar es el sentimiento de la nostalgia, el desarraigo. Lo demás tiene que ser todo completamente ficcional”.
Parte de mi familia se enfadó cuando yo tomé esa decisión. Sin embargo, fue un acierto. Incluso cuando yo ya terminaba la novela y la leyeron en el pueblo, los vecinos, los conocidos, todos los que vivieron en Linares y quedaban vivos, sus descendientes, al final la impresión que les dio es que era real y que era de verdad su historia. Algunos la tomaron como suya.
Creo que desde la ficción se pueden contar las verdades que no se dicen, que no llegan, que no son universales desde un ensayo o desde un reportaje o desde una novela testimonial.
Precisamente, lo que consigues es la universalidad. La historia de Hontanar puede ser la de cualquier otro pueblo sumergido.
Incluso la de un pueblo que desaparece porque pasa una carretera o porque pasa un nuevo carril o porque hay una extensión de la ciudad o por lo que sea. Es la historia de un pueblo que desaparece o un mundo que desaparece por los motivos que sean, aunque sea por el mero tiempo.
¿Es la historia del éxodo rural y del proceso de despoblación?
De hecho, mi segunda novela, si alguna vez consigo terminarla, narra la salida del hijo de Marcos hacia la ciudad. Ahí también lo importante es esa pérdida de las raíces, del origen, de la identidad; y la búsqueda de una identidad que durante siglos ha sido una y de repente te dicen que no, que tiene que ser otra. Porque ahora estamos muy acostumbrados a no tener raíces, a no tener identidad, a cambiar de identidad cada cinco minutos porque nos estamos moviendo constantemente. Y eso no es bueno ni malo, es que el mundo ha cambiado y punto. Pero en aquel momento, en la generación de mi abuelo, durante generaciones fueron todos de Linares, sin ningún cambio.
La salida masiva de población hacia las ciudades supuso una ruptura de la estructura social en España, que había permanecido inalterada durante siglos.
Claro, y una ruptura muy traumática, más que nada porque fue rapidísima. La modernización de España fue tan rápida que se hizo con muchos agujeros y con muchos sacrificios. España pasó de ser rural a urbana en 10 años.
En 10 años se construyeron en Madrid 1.600.000 viviendas. Es que es una barbaridad. En Madrid había casi 100.000 chabolas, pero no por pobreza, sino porque no había dónde meterse.
Fue absolutamente traumático, caótico, y por eso hay tantos desajustes en nuestra sociedad actual. Esa modernización que otros países europeos hicieron en siglo y medio, nosotros lo hicimos en 20 años. Eso no puede quedar bien.
¿Por qué crees que hay ahora la necesidad de contar estas historias? En estos últimos años ha habido como un repunte de historias rurales, de narrar la despoblación del medio rural.
Sergio del Molino dice que es por el intento de reivindicar lo español, sin caer en lo casposo. Al fin y al cabo es la historia de los abuelos. No lo sé. Yo lo que sé es que tenía la necesidad de contar la historia de mi familia y los cambios que ha habido en las propias estructuras familiares.
Quizá esa transformación en las dinámicas nos lleva a reflexionar sobre las antiguas, a lo mejor por una cierta nostalgia no reconocida, no lo sé. Lo que sí sé es que tengo la necesidad de hablar de la familia. De hecho, hablaba de los abuelos en la primera novela y ahora hablo de los padres. Me parece que lo más interesante que me ha ocurrido en mi vida es la familia que me ha tocado.
Montserrat Iglesias (Madrid, 1976) es licenciada en Periodismo y Filología Hispánica, y profesora de Lengua y Literatura en Secundaria. Ha publicado artículos y crítica literaria en diferentes revistas. En 2019 consiguió una beca para el máster de Narrativa de la Escuela de Escritores y ganó el I Premio Alma Negra Ediciones por su novela corta El terraplén. Lectora compulsiva desde los seis años, La marca del agua es su primera novela larga, seleccionada como uno de los ocho mejores debuts narrativos de 2021 por El Cultural y ganadora del Festival de primera novela de Chambéry 2023.
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