En Siempre en casa, siempre lejos de casa (Alba Editorial) la escritora australiana Hannah Kent regresa al país que transformó su vida literaria y personal: Islandia. Lo que en apariencia podría ser un libro de viajes o unas memorias de formación acaba convirtiéndose en una reflexión mucho más profunda sobre el arraigo, la identidad y la extraña experiencia de sentirse simultáneamente dentro y fuera de un lugar.

Con 17 años, Kent llega sola al norte de Islandia, sin conocer la lengua ni las claves culturales de una sociedad nada parecida a la suya. Aquella primera experiencia, marcada por el aislamiento, la oscuridad y la fascinación, acabaría dando origen años después a Ritos funerarios, la novela que la dio a conocer internacionalmente. Pero en este nuevo libro la autora no se limita a reconstruir los hechos: intenta comprender qué fue lo que la unió tan intensamente a una tierra que no era la suya.
La relación con Islandia aparece descrita como un proceso de aproximación semejante al de una relación afectiva. En un primer momento predominan el extrañamiento y la idealización; después llegan la decepción, la incomprensión y la conciencia de las diferencias; finalmente surge una forma de intimidad más compleja, hecha de conocimiento mutuo y de aceptación de aquello que permanece irreductiblemente ajeno. Kent descubre que pertenecer no consiste en apropiarse completamente de un lugar, sino en aprender a convivir con aquello que nunca terminaremos de comprender.
Esta dimensión relacional es quizá uno de los mayores aciertos del libro. Islandia deja de ser un paisaje exótico para convertirse en un interlocutor. La autora aprende la lengua, escucha las historias locales, descubre las capas de violencia y superstición que atraviesan la memoria islandesa y, al mismo tiempo, el país parece transformarla a ella. El aprendizaje es mutuo: la joven australiana cambia su mirada mientras encuentra un espacio donde reconstruirse.
En este sentido, Siempre en casa, siempre lejos de casa puede leerse también como una reflexión sobre los procesos de arraigo e integración. Frente a las concepciones más administrativas o utilitaristas de la integración, Kent muestra que sentirse parte de un lugar es una experiencia lenta y frágil, construida a través de los vínculos, el lenguaje y la memoria compartida.
Aprender a echar raíces
La pertenencia nunca es un estado definitivo, sino una negociación constante entre lo propio y lo ajeno. Kent no pretende apropiarse de Islandia ni convertirse en islandesa. Aprende, más bien, a habitar esa posición intermedia que expresa de manera tan hermosa el título del libro: sentirse siempre en casa y siempre lejos de casa.
La autora aprende a escuchar Islandia y, al mismo tiempo, descubre que también ella está siendo transformada. Hay un aprendizaje mutuo, una lenta construcción de confianza, una correspondencia entre la persona y el lugar que recuerda a la manera en que se construyen las relaciones humanas más significativas. El país deja de ser una mera geografía para convertirse en una presencia viva, hecha de recuerdos, amistades, historias y silencios compartidos.
Es precisamente aquí donde el libro adquiere una profundidad que desborda el género memorialístico y permite ponerlo en diálogo con algunas de las reflexiones más sugerentes de la antropología y la fenomenología contemporáneas. Porque, en el fondo, Hannah Kent está describiendo una experiencia de arraigo.
El geógrafo humanista Yi-Fu Tuan sostuvo que los espacios solo se convierten en lugares cuando son investidos de afectos y memorias. El hogar no es un dato geográfico, sino una experiencia que se construye lentamente. Algo semejante ocurre en estas memorias. La Islandia de Kent no es la postal romántica que fascinó a una adolescente australiana, sino un territorio tejido pacientemente por las palabras aprendidas con esfuerzo, por las historias escuchadas y por una sucesión de regresos que van sedimentando la experiencia.
También Edward Relph, en su clásico Place and Placelessness, advirtió que toda relación auténtica con los lugares conserva un resto de distancia y misterio. La pertenencia absoluta es una ficción. Incluso quienes nacen en un territorio mantienen con él una cierta extrañeza. Desde esta perspectiva, la condición de extranjero no constituye el fracaso de la integración, sino una dimensión inherente a la existencia humana. El libro de Kent parece asumir esa paradoja con una delicadeza extraordinaria: amar un lugar no significa poseerlo ni comprenderlo por completo, sino aceptar aquello que permanecerá siempre parcialmente inaccesible.
Esta intuición encuentra un eco particularmente fértil en la antropología de Tim Ingold. Para el antropólogo británico, habitar significa aprender a corresponder con el mundo. Los seres humanos no ocupan simplemente un escenario dado, sino que se dejan modelar por los paisajes, los ritmos y las relaciones que atraviesan la vida cotidiana. Existe una reciprocidad silenciosa entre las personas y los lugares.
En cierto modo, también Islandia parece educar a Hannah Kent. El país deja de ser objeto de contemplación para convertirse en interlocutor, y la autora descubre que la pertenencia no se alcanza mediante la apropiación, sino a través de una larga conversación que transforma. Entre la joven que viaja a Islandia y el territorio que está descubriendo se establece un diálogo prolongado, construido con fascinaciones, desencuentros y reconocimientos sucesivos, lo que nos recuerda la teoría de la resonancia de Hartmut Rosa.
Para el sociólogo alemán, las relaciones verdaderamente significativas son aquellas en las que existe una transformación recíproca: algo exterior nos interpela y, al responder, nosotros mismos cambiamos. La relación de Kent con Islandia posee precisamente esa cualidad. La autora no termina de apropiarse del país, pero tampoco sigue siendo la joven que lo descubrió décadas atrás.
En este sentido, resulta inevitable recordar a Simone Weil y su reflexión sobre el arraigo como una de las necesidades fundamentales del alma humana. Para Weil, echar raíces no significa encerrarse en una identidad inmóvil, sino participar en una trama de relaciones, memoria y responsabilidades. Las raíces no son necesariamente un legado exclusivo del nacimiento; también pueden ser elegidas y cultivadas. Las memorias de Hannah Kent parecen ilustrar precisamente esa posibilidad: la de construir una pertenencia adquirida, paciente y nunca del todo acabada.
Por eso, Siempre en casa, siempre lejos de casa puede leerse como algo más que una carta de amor a Islandia. Es una meditación sobre la naturaleza del arraigo en una época marcada por las movilidades, las migraciones y las identidades múltiples. Frente a las concepciones más rígidas y excluyentes de la pertenencia, Kent propone una forma de intimidad basada en la perseverancia, la escucha y el reconocimiento de la diferencia.
Tal vez ahí resida la belleza más profunda del libro. En recordarnos que toda relación duradera —con una persona, una comunidad o un paisaje— atraviesa un mismo itinerario: la fascinación inicial, el descubrimiento inevitable de las diferencias, la renuncia a las idealizaciones y, finalmente, la aparición de una intimidad más serena, capaz de convivir con aquello que nunca terminaremos de comprender del todo.
¿Cómo pertenecer?
En un tiempo en el que la pregunta por la identidad suele formularse en términos de origen —«¿de dónde somos?»—, Hannah Kent desplaza la cuestión hacia otra más fecunda: «¿cómo llegamos a pertenecer?». Y la respuesta que ofrecen estas memorias es tan sencilla como profunda: pertenecemos a aquello que nos transforma y a aquello por lo que estamos dispuestos a perseverar. Quizá por eso sea posible sentirse, al mismo tiempo, siempre en casa y siempre lejos de casa.
Estar «siempre en casa» y «siempre lejos de casa» expresa una paradoja profundamente contemporánea: la posibilidad de sentirse ligado a varios lugares y, al mismo tiempo, de conservar una cierta extranjería respecto a todos ellos. Kent no resuelve esa contradicción; aprende a habitarla. Y es precisamente esa aceptación de una identidad abierta y plural lo que convierte estas memorias en algo más que una evocación de Islandia: una meditación delicada y profundamente humana sobre lo que significa encontrar un lugar en el mundo.
Más que una carta de amor a Islandia, Siempre en casa, siempre lejos de casa es una celebración de esa forma de pertenencia imperfecta que nace cuando dejamos de intentar poseer un lugar y aceptamos que, en cierta medida, también nosotros terminamos siendo transformados por él.

Hannah Kent nació en Adelaida (Australia) en 1985. Con su primera novela, Ritos Funerarios (2014), ganó el Writing Australia Unpublished Manuscript Award y, en 2014, el Premio del Público de los Victorian Premier Awards. Ha sido traducida a más de 30 idiomas, galardonada con una larga lista de premios y distinciones, y actualmente se está rodando su adaptación al cine, al igual que de su segunda novela, Los Buenos (2016). Ambas han sido publicadas en la colección Alba Contemporánea. Para su autora, Devoción (2021), su tercera novela también publicada en Alba, constituye «un retorno a la luz después de dos libros muy centrados en la oscuridad». Siempre en casa, siempre lejos de casa es su cuarta novela.