Para salir del laberinto, le dijeron, basta con apoyar una mano sobre la pared sin despegarla en todo el camino.
Años después, descubrió que no todos los laberintos son iguales, que los hay con destinos desconectados, con islas flotantes, con puentes.
Por eso, hasta entonces, había andado siempre perdida. Por aquel consejo de inicio.
En ese momento, el del descubrimiento, romper el bucle era a la vez terrible y excitante. Pero era la única opción de salida. Sin instrucciones que le pesaran estudió, analizó, experimentó, creó. Jugó.
Y, al fin, abandonó el laberinto.