Contra la épica del exilio

En la literatura del exilio hay textos que buscan construir una casa con palabras y otros que, como los de Bekim Sejranović, se resignan —o más bien se entregan— a la intemperie. De ningún lugar a ninguna parte (La Caja Books) no es solo el título de una novela: es una declaración existencial, una forma de estar (o no estar) en el mundo.

El protagonista no es un héroe ni un mártir del desarraigo, sino un cuerpo errante que se desplaza entre los restos de Yugoslavia y los márgenes de una Europa fría, burocrática, lejana. Brčko, Rijeka, Oslo, la Isla de S. son lugares que no son puntos de llegada sino estaciones de tránsito. El lugar de origen ha desaparecido y el de destino nunca llega a materializarse. Lo que queda es un movimiento incesante, una deriva vital que no es fuga sino forma de habitar la pérdida.

Quien nos cuenta la historia habita un mundo quebrado, no solo por la guerra y el desplazamiento, sino por una extranjería más íntima: la que ocurre cuando el lenguaje propio se convierte en materia ajena. Nacido en Brčko, criado entre Rijeka y la costa adriática, exiliado en Oslo, Sejranović no busca dramatizar el desarraigo. Lo deja estar. Lo exhibe como condición de existencia, no como excepción. Su personaje no clama pertenencia: flota, consume, traduce, escribe, ama a medias. Vive. O sobrevive, más bien, en una deriva donde el desplazamiento es la única forma posible de permanencia.

En este sentido, De ningún lugar a ninguna parte no es una novela sobre la guerra, aunque la guerra haya sucedido. Tampoco es un relato de superación ni un testimonio. Es, más bien, una crónica de la intemperie. La extranjería no se representa en términos políticos o épicos, sino a través de lo cotidiano: la visita a una madre lejana, los trabajos mal pagados, los bares, la distancia afectiva, las drogas. El cuerpo migrante no aparece como víctima, sino como superficie porosa donde se inscriben los restos de múltiples geografías y tiempos discontinuos.

La novela, publicada originalmente en 2008 y rescatada en 2024 en castellano por La Caja Books, se inscribe en esa corriente honesta y poco sentimental que caracteriza a cierta literatura balcánica posterior a las guerras de los años 90. Sejranović no escribe desde la nostalgia ni desde el trauma explícito, sino desde la banalidad melancólica de la existencia, donde el amor, la droga, la familia y la burocracia se suceden como capítulos sin épica.

Lo notable de la escritura de Sejranović es su economía emocional. El dolor está en lo que no se dice, en la falta de énfasis. La droga —que aparece sin heroísmo ni dramatismo— no es un síntoma sino un recurso de supervivencia. Amar, escribir, dormir, traducir, escapar… todo se sitúa en un mismo plano de precariedad emocional.

Quizá lo más perturbador de esta novela —y a la vez lo más bello— es su forma de construir identidad a partir de la desposesión. Sejranović, traductor él mismo del noruego, deja que la lengua croata (o serbia, o bosnia: no importa) se infecte de extranjería. Su narrador escribe desde el margen de todas las lenguas, incluso de la propia, como si solo pudiera habitar la escritura desde ese territorio intermedio donde todo pierde nombre y a la vez se vuelve más verdadero.

De ningún lugar a ninguna parte es un libro donde no pasa mucho —porque casi todo ha pasado ya—, y donde sin embargo se condensa una experiencia radical: la de aquellos que sobreviven no en los márgenes de un país, sino en los márgenes de un mapa que ha dejado de existir. Es una novela sobre el errar como única forma de pertenencia, y sobre la ternura posible en medio de la ruina. En tiempos donde la identidad se vende como promesa de estabilidad, Sejranović nos recuerda que también puede ser una herida abierta.

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