Mariana Travacio: “Estamos siempre en esa movilidad, como buscando lugares utópicos”

Mariana Travacio nos propone en Quebrada (Las Afueras) un hermoso texto que habla sobre las pequeñas migraciones que hacemos en nuestra vida, esas búsquedas internas, de respuestas a nuestros anhelos; pero también de las grandes migraciones, voluntarias y forzadas, y de las emociones que acompañan los tránsitos. Sobre estas cuestiones hemos hablado con la autora.

Me gustaría resaltar en primer lugar las voces de Quebrada. Es un texto que ya desde la primera página entra en una cadencia, en un tono, a través del cual incluso, el lector puede sentir el paisaje, verlo, olerlo. ¿Cómo encontraste estas voces?

La voz de Lina nace o surge a partir de una entrevista que leí hace unos años a una maestra rural. Yo había entrado a leer esa entrevista por el nombre del pueblo. Esta maestra vivía en un pueblo que luego me enteré que era un pequeño caserío, ni siquiera era un pueblo, que se llama Malamala. Me llamó mucho la atención el nombre, pensé cómo un pueblo se puede llamar Malamala. Era una maestra rural que había tenido un accidente a lomos de un burro o mula, no recuerdo, camino a la escuela rural donde daba clases. Tenía un fraseo muy hermoso, una cadencia muy bella en su voz. Es como si la música de su propia voz a mí me hubiera traído todo el contexto, el paisaje donde ella vivía. En esa entrevista yo tomé un par de notas. En un momento, el periodista le pregunta si tuvo miedo, porque había tenido un accidente bastante feo, en un entorno muy solitario y si no la encontraban de verdad que se moría. Ella tenía frases como “yo que me andaba llevando a las patadas con diosito últimamente” y se encuentra ahí rezando para que la encuentren. Y en otro momento le pregunta cuánto tardaba en ir de su casa a la escuela rural y ella contesta “se echan dos días como se echan cuatro, según los vientos o según las crecidas de los ríos”. Todo este fraseo, esa sintaxis tan peculiar de la voz de ella, me llamó mucho, tomé dos o tres notas y es así como empieza Quebrada, con esta voz de Lina, que está un poco harta de la sequía y de su quebrada, de su propia quebrada.

Porque Quebrada nos habla de migración, de moverse del lugar en el que estás. Y nos habla, desde dos miradas, la de quien decide salir para encontrar otra cosa y la de quien no quiere dejar atrás ese lugar. En Quebrada encontramos estas dos voces.

Sí, en efecto. A mí me gusta mucho distinguir lo que son las migraciones voluntarias de lo que son las migraciones forzadas, que podemos asimilar más al exilio o al famoso destierro, que era el peor castigo. Esto me trae un recuerdo. Yo tenía 29 años y estaba en Sicilia. Mi hermana había ido a un congreso y mientras ella trabajaba yo estaba paseando por ahí y tomé uno de esos tours que te llevan al Etna, ahí arriba y el señor que nos guiaba decía “ven estas casitas” y se veían unas casitas esparcidas en la ladera del volcán y decías, bueno dos por tres, la lava las arranca, las quita, las sustrae de allí, pero luego ellos van y hacen la casita en el exacto lugar donde la tenían. Esta es la noción del arraigo, que en Quebrada, un poco lo representa  la voz de Relicario. Cuando Lina le dice “vámonos Relicario, vámonos Relicario, que aquí ya no queda nadie”, Relicario le dice “pero a dónde vamos a ir, además aquí están nuestros muertos” y tiene esta noción de que la tierra no se abandona y que a los muertos no se les abandona porque necesitan de los vivos para recordar quiénes eran. Es como ese afán de traer a cuento las raíces, la cuestión del arraigo. Me acuerdo de cuando salió Quebrada, una querida amiga cuando la leyó me llamó y me recordó una oración, una frase, que está en Cien años de soledad, que dice que uno no pertenece a una tierra hasta que no tiene al menos un antepasado enterrado allí y hasta entonces somos meros errantes. Son temas que un poco se van anudando  y van apareciendo en este texto, en Quebrada. Yo creo que Lina no es que elija irse, creo que el hastío la estaba comiendo, la sensación de que ya no quedaba nadie en ese pueblo, ni siquiera el hijo. Y este movimiento de Relicario, que a pesar de los mandatos sigue y una vez pasada la bronca de que Lina se le fue, encuentra la solución al dilema cambiando su rancho por un burro, una carreta y  un par de ataúdes donde literalmente llevará a sus padres después de desenterrarlos. Ahí está un poco esa tensión de no poder abandonar a tus muertos. Sí, un poco creo que Quebrada recoge todos estos amores y desamores por nuestras tierras.

Claro, pero ¿qué pasa cuando sucesivas generaciones migran y quedan antepasados en tierras diferentes?

Si pensamos en Quebrada, es increíble que en el campo de los Lopretes queden enterrados el hijo, el tío. Ya tienen ahí sus muertos, ya se apropiaron de alguna manera, desde esa lógica, pero es así, es un devenir. Lo que pasa es que muchas veces la violencia de dejar tu tierra muchas veces implica también la violencia de dejar tu lengua. Es un tema complejo porque cuando te ves obligado a abandonar tu tierra por hambre, por sequía, por razones políticas, por diversas razones que te expulsan, una guerra, a veces el arraigo puede no ser tan simple. Estaba leyendo un libro de Hernán Ronsino, que se llama Notas de campo que editó acá una editorial que se llama Excursiones, donde él contaba por ejemplo de su mamá italiana, que había migrado acá a la Argentina y que tenía todo el desafío de aprender el castellano para poder ser considerada una más, para integrarse. Entonces, también está eso, ¿no? Y las diversas receptividades que se van teniendo en los diferentes territorios con emigrantes, que no siempre es fácil.

En Quebrada la decisión de partir la toma la mujer. ¿Crees que esto es habitual o este tipo de decisiones no tiene género?

Bueno, en este caso sí. Es Lina quien pone en marcha toda la novela, todo lo que ocurre, todas las peripecias devienen del hecho de que Lina decide partir. Ella pone en marcha todo lo que pasa después en el texto. Yo creo que, ahora apartándonos de las migraciones forzadas y sus motivos, si pensamos en la migración y a veces en pequeñas migraciones, incluso a veces intrafamiliares o dentro de tu propia comunidad, cuántas veces nos pasa que estamos hartos de una vida que llevamos, de una vida que nos vemos en algún momento encerrados, esos callejones sin salida en los que algunas veces nos metemos en la vida y cuántas veces tenemos la fantasía de, bueno, lo mando todo a la mierda y me voy. Y, a veces, ese me voy es me voy de una casa, de un barrio, es la necesidad de huir y en esa huida hacia adelante a veces se abre un camino y a veces no, pero hay una necesidad de abandonar. Me acuerdo que tiempo después de escribir Quebrada, buscando un archivito en mi computadora, encontré un cuento que había empezado a escribir muchos años antes de Quebrada. Empezaba “Fulanito, me voy”. Y esto creo que es algo que nos puede pasar a todos, no sé si depende del género. Ese hastío que siente Lina es un hastío que creo que alguno a lo largo de la vida, lo siente. Porque la vida tiene un componente de determinación, de cierto azar, a veces te ves envuelto en momentos vitales que te resultan opresivos y piensas cómo llegué a esto, cómo llegué hasta acá, cómo me metí en este cuento. A veces allí aparece esta fantasía que en el caso de Lina la lleva a la práctica y se va. En unas ocasiones uno se queda solo reverberando esa fantasía y otras veces tiene las agallas de ejecutarlo. Sí, Lina recoge un poco esto, esa sensación de hastío. Dice “si me quedo acá, me quedo a ver cómo se me repiten los días, siempre el mismo cielo”, bueno, como cuando ya nada te hace ilusión, cuando todos tus despertares son la reiteración de lo mismo, de lo que ya se conoce de memoria.

Encontramos también en Quebrada un tema que en España es candente, como es el de la despoblación del medio rural, ese éxodo masivo a lugares con mayores oportunidades y servicios e, incluso, una huida del hastío y, como dice Lina, una huida de ver siempre el mismo cielo.

El otro día estaba pensando un poco en ese contrapunto que siempre hubo entre la ciudad y el campo, entre lo urbano y lo rural, y cómo a lo largo de los siglos fueron significando diferentes cosas. Cuando vos migrás hay como la ilusión de, en el caso de Lina, encontrar una vida más activa. Cuando llega al campo de los Lopretes dice “allá no pasaba nada, era puro hastío, pero acá pasan tantas cosas que no me alcanzan los ojos”. No llega a registrarlo todo en esa vorágine. Podemos tomar el campo de los Lopretes como sinónimo de lo urbano, de la demasía. El tema es encontrar ese equilibrio, donde no haya ni esa vorágine en la que no puedes reflexionar, no puedes detenerte a mirar un ocaso, a mirar un cielo, a ver llover. Ni, como contrapartida, cuando el plan solo es ese. En esos movimientos estamos todo el tiempo. Freud traía estas cuestiones de que valoramos el frío porque existe el calor, disfrutamos el sol porque hay la lluvia. Y un poco de estos contrastes creo que están hechas las emociones.

Hablas de los dos escenarios de Quebrada como símbolo de campo y ciudad, pero también podemos encontrar otras referencias simbólicas, muy ligadas, además a la naturaleza, desde la propia quebrada, como ruptura, al destino que Lina busca, que es el mar.

Sí, yo pensé el mar como ese lugar a veces utópico, al que uno quiere llegar pero que no siempre llega, pero funciona como deseo, que está siempre un poco más allá, metonímico. Y luego también lo pensé un poco como las coplas de Manrique, nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar. También es como ese destino final. Al final, la vida también es como un camino hacia la mar. La pregunta es un poco el devenir, porque estamos siempre en esa movilidad, como buscando, el deseo que impulsa esos lugares utópicos que a veces imaginamos y que en ocasiones alcanzamos y que otras veces funcionan únicamente como motor vital. Y en definitiva va a dar a la mar.

En esa unión con la naturaleza, aparece una relación muy especial que es la de Relicario y Jumento y cómo el primero deposita toda su confianza en el animal.

Cuando escribía los capítulos de Relicario y Jumento me daba mucha ternura, Relicario en particular porque se perdía y lo sentía por momentos como quijotesco, perdido por esos territorios tan inermes, tan perdido y tan de quien va a hacer algo en contra de su voluntad, pero que no puede evitar, con todo muy en contra. Me acordé de mi padre, que era ingeniero y que una vez me dijo, si vos te perdés, buscate un burro, que los burros encuentran el camino, los burros siempre saben por dónde. Me vi en medio de la quebrada tan perdida como Relicario y Jumento porque cuando escribo nunca sé para dónde voy y me dije “Jumento seguro nos va a guiar hacia dónde tenemos que ir”. Me acordé de eso y dejé que Jumento adivinara el camino.

Mariana Travacio, escritora nacida en Argentina, aunque pasó su infancia en Brasil, es Licenciada en Psicología por la Universidad de Buenos Aires y Magister en Escritura Creativa por la Universidad Nacional de Tres de Febrero. Sus cuentos han recibido numerosos premios nacionales e internacionales y han sido publicados en revistas y antologías de Argentina, Uruguay, Brasil, Cuba, España y Estados Unidos. Es autora de los libros de relatos Cotidiano (2015) y Cenizas de Carnaval (2018) y de la novela Como si existiese el perdón (2016, Las afueras, 2020.

3 comentarios en «Mariana Travacio: “Estamos siempre en esa movilidad, como buscando lugares utópicos”»

  1. Terminé de leer la entrevista y salí corriendo a comprar el libro. Gracias por tocar temas tan sensibles a tantas vidas. Saludos desde Uruguay, tierra de itinerantes.

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  2. Es cierto, hay que diferenciar si la emigración es voluntaria, irse con ganas de cambiar, conocer lugares diferentes o si es obligatoria y no te queda más remedio que irte de tu lugar conocido por ciertas circunstancias.

    Por otro lado, la orientación de los burros es verdad que es muy buena, pero cuando están de vuelta a casa…

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