Encontrar los pequeños ganchos que nos mantienen conectados parece ser el fin de Arterial (Candaya), un texto en el que Mª José Galé Moyano habla de transitar el duelo, de soledad, pero también de vínculos y cuidados. La escritora cose, con un estilo muy personal, una historia sobre lo interior y lo exterior, sobre la red que sostiene, sobre lo relacional como hilo que ancla.

¿Crees que continúa teniendo sentido hablar de vínculos en una sociedad actual caracterizada por la descohesión y la desconexión?, ¿lo relacional puede llegar a ser el sustento de la sociedad actual?
Creo que no hay otra manera que no sea lo relacional humano, en esa parte en la que no nos pueden sustituir, en eso que al final nos sostiene. Solo en lo relacional tenemos esa oportunidad de ver lo que nos acerca, como la sangre, que es uno de los elementos que está en el libro.
Hablas de esa metáfora de lo interior y lo exterior, de lo interior físico y psicológico que después se proyecta hacia el exterior. También introduces la idea de insiders y outsiders. Me interesó mucho esa distinción: si eres una persona insider o outsider. Utilizas toda esta metáfora de lo interior —no solo la sangre, sino también las vísceras, el esqueleto—, todo lo que está dentro de nosotros y que finalmente se refleja hacia afuera, sacando lo más interno y profundo.
Cuando lo estaba escribiendo, en la parte de Florencia en la que ella se define como insider, tenía la sensación de que la persona insider de ahora es como la persona outsider de antes. En el sentido de que ahora vemos el exterior de las personas a través de las redes sociales o de lo que vemos en la calle, pero quizá tenemos menos tiempo para mirar al interior.
Ese mirar al interior, en un sentido estrictamente literal —que es lo que hace Florencia—, es una reivindicación de parar, de ver lo que piensas, lo que sientes, cómo es tu cuerpo por dentro, si te reconoces o no, en qué medida y de qué manera.
Ese momento de parar y mirar conecta también con momentos cruciales de la vida. Uno de ellos es el duelo por el que pasan las personas: ese dejarse ir o la manera en que transitamos los duelos dentro de esta sociedad.
Los duelos han sido planteados muchas veces de forma estandarizada. Sin embargo, mi percepción, también desde mi experiencia, es que los duelos se fijan en cuestiones muy pequeñas, en detalles.
Como sucede en el libro, y como me ha sucedido a mí, no es solo la pérdida o la herencia, sino, por ejemplo, el helado de limón que nadie se va a comer esa noche porque ya no está la persona que lo pedía. Esa atención al detalle se vincula con que en esos elementos percibimos lo doloroso y también lo luminoso, porque nos dicen quiénes se han marchado y quiénes fueron.
El texto está lleno de pequeños símbolos: camisetas, objetos cotidianos, símbolos de clase obrera, especialmente en el duelo de Django, no tanto en el de Florencia. Son dos posicionamientos distintos que, sin embargo, se centran en el detalle para reconocer a quienes ya no están, para ver la oscuridad y también la luz, esa posibilidad de vivir de otra manera.
Me gusta cuando Django recuerda a su madre, que era quien le hacía los dobladillos del pantalón, y luego se reconoce en otra persona al pensar que tampoco tiene a nadie que se los cosa. Es ese reconocimiento en el otro.
Aunque él sabe cosérselos, es una forma de dejarse llevar hacia ese dolor y reivindicarlo como metáfora de la pérdida en un momento en que quizá nadie puede verlo. Hay elementos que nos dan una idea del estado de otras personas, muchas veces de manera inconsciente o difícilmente perceptible, pero que se centran en esos pequeños detalles.
Y luego está la mancha, esa mancha que no se va, como la sangre, ese duelo que queda. Al final no podemos despedirnos del todo; esa mancha siempre permanece.
Es el fantasma de los vivos, que molesta tanto como los fantasmas de las personas muertas. Suceda lo que suceda, hay elementos que permanecen, y la sangre es muy difícil de limpiar.
Esa dificultad permite darle una vuelta a la idea: la propia noción de limpiar la sangre arrastra significados racistas, clasistas y machistas que configuran nuestra manera de entender la realidad. La mancha puede ser algo que se custodia, que puede representar lo bello en ocasiones y también lo terrible. Son elementos complejos que sirven para describir la realidad en direcciones opuestas.
La sangre funciona como una gran metáfora. Recorres sus significados: la sangre como herencia, como elemento fisiológico, como sangre limpia o sucia, y su uso a lo largo de la historia, incluso con anécdotas. Si se extrajeran esos fragmentos, casi sería un ensayo sobre la sangre.
Son capítulos que se visitan: historias muy contundentes de las que se emerge hacia una especie de falso ensayo. Hay una ironía hacia los textos que pretenden decir la verdad sobre algo, cuando en realidad siempre son situados, provisionales.
Ese falso ensayo trata también de atender a quienes quedan fuera de la historia, quienes no forman parte de los nombres memorables, aunque hayan sostenido esa historia con sus cuerpos y sus vidas. Se trata de arrojar luz sobre ello.
Por eso se combinan elementos teóricos, históricos o biológicos con reflexiones sobre lo cotidiano: contenedores de compresas, dientes, dentaduras postizas, pequeños guiños a la vida real.
Esos falsos ensayos construyen una estructura muy particular en el libro, junto a las dos historias, la de Django y la de Florencia. También enlaza con un estilo muy particular, como la introducción de las frases destacadas, a modo de epígrafe provisional.
Esas partes aparecen solo en Django. Son como pequeños grafitis, frases sin puntuación, pensamientos que quedan en el aire. Forman parte de esa segunda persona que aparece en el duelo, cuando uno se habla desde fuera para intentar moverse. Son flashes de pensamiento que subrayan elementos de la realidad, pequeños detalles que funcionan como un enganche con ella. Es algo que te atrae, que te ancla y evita que te vayas del todo.
Son ganchos con la realidad.
Sí, es un ancla que buscan ambos personajes: algo que los enganche a la realidad.
Arterial es un libro que habla de soledad, pero también de cuidados, de quién cuida y a quién hay que cuidar. En ese espacio es donde aparece la Chelo, como uno de esos personajes que sostienen.
Es una novela de cuidados, muchas veces invisibles. No siempre se sabe quién cuida a Django o a Florencia, pero hay personas sosteniéndolos. Sin las personas que nos ayudan, que nos acompañan, que nos animan a producir arte, a lo que sea, no estaríamos en el lugar en el que estamos. Entonces, sí que es una novela en la que el tema de los cuidados, aunque no sea lo más aparente, está todo el tiempo.
Unas personas sostienen a las otras. Incluso esos tres tipos del Kadett, que son, de primeras, tan amenazantes, después no dejan de ser esas figuras que te cuidan, que te acompañan, que te sacan las palabras sin querer, sin obligarte, sin importarte. Acabas teniendo tanta amistad, a pesar de que no las conoces de nada, que cuentas cosas que jamás hubieses contado.
Me gusta ese momento de especial ternura cuando la Chelo le lleva a Django el chocolate con churros. Es un gesto que recuerda a una figura materna.
Django está ahí elaborando una especie de masculinidad precaria, en el sentido de que no sabe muy bien cómo comportarse, que es lo que tiene que hacer. Tampoco tiene a nadie que le diga.
Y, de repente, personajes secundarios como la Chelo, que muchas personas han dicho que son sus fanes incondicionales, entienden el interior de Django. Porque, en su propia vida, Chelo ha estado vinculada con muchas personas a las que ha tenido que sostener. Que es lo que pasa, a veces, en los bares. Y en los barrios.
Se muestra ahí un paralelismo entre la Chelo y su madre: figuras que se van turnando, que nunca coinciden, pero que están siempre sosteniendo el barrio.
Es como una especie de continuidad, casi como un “agujero de gusano”, pero muy real, en los negocios familiares donde las personas sostienen todo con su trabajo constante.
María José Galé Moyano (L’Hospitalet de Llobregat, 1975) reside desde la infancia en Zaragoza. Doctora en Filosofía, cuenta además con un Máster en Estudios Filosóficos, un Máster en Humanidades: Arte, Literatura y Cultura Contemporáneas, y es Licenciada en Filología Hispánica y en Psicopedagogía. Es profesora en el área de Didáctica de la Lengua y la Literatura en la Universidad de Zaragoza. Ha publicado el ensayo Mujeres barbudas. Cuerpos singulares (Bellaterra, 2016) y ha colaborado con artículos en diversas revistas especializadas, así como en seminarios y encuentros académicos en distintas universidades y centros de investigación. Actualmente, su investigación se centra en los ámbitos del feminismo, la literatura y el arte. Coordina el Club de Lectura Feminista del espacio La Tartería.