Era su pasión recorrer ríos.
Programaba la trayectoria durante meses. Pensaba caminos, imaginaba acampadas, soñaba paisajes y paisanajes.
Siempre, claro, hacia el mar.
Acompañó así a la muerte a muchos ríos, chiquitos y grandes, francos y sinuosos, anchos y angostos, exiguos y caudalosos.
Era su pasión guiarlos.
Sus horas solo quedaban completas vigilando el mapa de la próxima corriente.
Llegado el momento descubrió, en sus lecturas cartográficas, un río propio.
Feliz, se acompañó a sí mismo hasta el océano infinito.