Norteña: las fronteras que llevamos dentro

Hay lugares que dejamos atrás para poder avanzar y que, sin embargo, continúan acompañándonos mucho después de haberlos abandonado; hay fronteras que se cruzan y fronteras que se quedan a vivir dentro de nosotros. Quizá Norteña. Memorias del comienzo (Las afueras), el libro en el que Julieta Venegas reconstruye sus comienzos como cantante y compositora, pueda leerse desde ahí: como la historia de una mujer que sale de Tijuana para encontrar su lugar en la música y descubre, en ese desplazamiento, que el lugar del que procede viaja con ella.

portada del libro Norteña. Memorias de un comienzo

Nacer en Tijuana es, en cierto modo, nacer en una frontera. Pero la frontera de la que habla Venegas no parece ser únicamente una línea trazada sobre un mapa. Desde los primeros capítulos aparece como una experiencia cotidiana, una manera de crecer entre dos posibilidades. Dos tierras, dos casas, dos idiomas, dos estilos de vida, dos maneras de mirar. Al otro lado de la frontera hay otro país, pero también otra forma de relacionarse con el mundo. Y crecer ahí significa aprender muy pronto que una misma realidad puede observarse desde lugares diferentes.

La frontera introduce así una cierta inestabilidad en la idea de pertenencia. ¿De dónde somos cuando hemos aprendido a movernos entre dos lugares? ¿Qué significa tener una casa cuando son varias las casas que forman nuestra memoria? ¿Dónde empieza un territorio y dónde termina otro cuando ambos participan de nuestra manera de hablar, de escuchar, de entender lo que ocurre?

Venegas no parece contar esa experiencia como una identidad necesariamente escindida. Más bien al contrario: la frontera amplía. Obliga a comparar, a traducir, a cambiar de perspectiva. A comprender que el mundo no es único ni homogéneo, que existen diferentes formas de nombrarlo y de habitarlo. Quizá esa educación fronteriza termine siendo también una educación para la música: escuchar distintos registros, moverse entre lenguajes, encontrar un espacio propio a partir de elementos que proceden de lugares diferentes.

Porque Norteña es también la historia de una partida. Tijuana queda atrás cuando Julieta Venegas se traslada a Ciudad de México para avanzar en su carrera. Hay en ese movimiento algo más que un desplazamiento geográfico. Es el viaje desde el lugar de origen hacia un territorio donde será necesario hacerse de nuevo. Ciudad de México aparece como posibilidad, como escenario profesional, como espacio de descubrimiento. Salir es imprescindible para crecer, pero salir también significa enfrentarse a la pregunta inevitable de qué parte de aquello que somos permanece cuando dejamos atrás el lugar que nos ha construido.

Toda partida contiene una pérdida, aunque sea una pérdida necesaria. Y quizá por eso los lugares de origen adquieren otra dimensión cuando dejamos de habitarlos. Tijuana deja de ser solamente la ciudad de la infancia para convertirse en una especie de territorio interior. Algo que ya no necesita estar presente físicamente porque ha quedado incorporado a la memoria, a los gestos, a las referencias, a la sensibilidad.

Hay algo especialmente sugerente en esa relación entre desplazamiento y pertenencia. Venegas se marcha de Tijuana precisamente para encontrar un lugar en otro sitio, pero el desplazamiento no borra el origen. Lo transforma. La distancia permite verlo de otra manera. Como sucede tantas veces con los lugares que abandonamos, es al alejarnos cuando empezamos a comprender cuánto de ellos llevamos dentro.

También las casas participan de ese movimiento. La experiencia de haber crecido entre dos casas puede leerse como una primera forma de itinerancia: aprender que el hogar puede ser plural, que pertenecer no implica necesariamente permanecer en un único espacio. Las casas de la infancia dejan de ser únicamente habitaciones, calles y objetos para convertirse en una memoria portátil. Uno puede marcharse de ellas y continuar habitándolas de otra manera.

Quizá por eso Norteña no sea solamente un relato sobre los comienzos de una carrera musical. Es también un relato sobre la construcción de una identidad. Sobre ese momento en que una persona comienza a separarse del lugar que la ha visto crecer y, al hacerlo, descubre que separarse no significa necesariamente romper.

La música ocupa entonces un lugar particularmente interesante. Puede convertirse en ese territorio intermedio en el que ya no es necesario elegir entre un lado y otro. Si la frontera divide sobre el mapa, la canción puede reunir. Si la infancia está hecha de territorios distintos, la creación permite construir un territorio propio. La música se convierte así en una forma de tránsito: un lugar donde caben las contradicciones, las mezclas, las pérdidas y las pertenencias.

Y tal vez ahí esté una de las claves más hermosas del título. Norteña no es solamente una palabra que señala un origen geográfico. Es una identidad que permanece. Un modo de mirar que procede de un lugar concreto pero que, después de haber viajado, ya no pertenece exclusivamente a ese lugar.

Porque hacerse adulta y convertirse en artista también consiste en aprender a llevar consigo aquello que se deja atrás. La infancia, las casas, Tijuana, la frontera. Todo aquello que parecía quedar al otro lado acaba formando parte del equipaje.

Hay fronteras que separan dos territorios. Y hay otras que nos enseñan a vivir entre ellos. Julieta Venegas parece pertenecer a estas últimas. Se fue para avanzar, pero nunca terminó de irse del todo. Quizá ser norteña consista precisamente en eso: haber aprendido que el origen no es un lugar al que regresar, sino un territorio que continúa desplazándose con nosotros.

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