En Después, partir (Manos de Pan) Bibiana Ricciardi explora los porqués y los cómos de las migraciones, de los desplazamientos, de los movimientos permanentes. La escritora corre y busca cómo partir, cómo llegar, cómo despedirse, cómo arraigar, cómo habitar nuevas lenguas, cómo reconstruir vínculos, cómo crear nuevos lugares de pertenencia. En Itinerancias hemos hablado con ella sobre movimiento, nomadismo, maternidad, memoria, libros, escritura, sobre entender la vida como un continuo partir y llegar.
Quizá podamos empezar con una pregunta bastante evidente: ¿qué es más difícil, partir o llegar?
En realidad, tu pregunta plantea la posibilidad de asumir que una de las dos cosas, o ambas, son difíciles en sí mismas. Para mí, sin embargo, partir no es difícil, ni tampoco llegar. Estoy partiendo y llegando constantemente, y no solo en sentido geográfico. También partimos y llegamos cuando comenzamos y terminamos un libro. Soy una lectora muy intensa y leo en todos los formatos posibles: audiolibros, papel o libro electrónico. Cada vez que termino un libro siento que me voy de ese lugar. Existe un recorrido, una itinerancia entre lecturas. El movimiento no se refiere exclusivamente al desplazamiento físico; hay muchas maneras de moverse.

Me gusta esa idea de los libros. En tu obra haces una reflexión muy bonita sobre los libros que pertenecen a un lugar y que resulta difícil llevarse, como si formaran parte de ese espacio. A veces parece más fácil que salgamos nosotros a que salgan los libros.
Es cierto. Tal vez los libros también sean casas. Son espacios que nos acompañan en determinados momentos. Desde que me convertí en una lectora compulsiva de audiolibros, muchas historias han quedado asociadas a lugares concretos, porque suelo escucharlas mientras corro. De ese modo, algunos paisajes quedan ligados a ciertas lecturas. Cuando vuelvo a pasar por esos lugares, recuerdo personajes, tramas o fragmentos de libros que había olvidado, pero que el espacio físico vuelve a activar.
Eso te convierte también en una escritora nómada, alguien que narra historias en movimiento.
En efecto. Mi primera novela se titula Una mujer corre. Muchos de mis textos suceden en movimiento, porque reflejan mi propia forma de vivir.
Quizá eso tenga que ver también con tu historia familiar, marcada por migraciones. En muchas familias ocurre que esas experiencias se repiten en generaciones posteriores.
Creo que existe un mandato familiar. No sé si es cultural o biológico, pero en las familias migrantes o nómadas hay algo que impulsa al movimiento.
En el libro utilizas con frecuencia la metáfora de las aves migratorias: llegan, hacen nido y, aun así, pueden volver a marcharse.
Sí, como el hornero. De hecho, el libro iba a titularse inicialmente De aves, piedras y otras migraciones. Así se llamó durante mucho tiempo en mi ordenador, y también así lo recibieron mis editoras. Sin embargo, poco antes de entrar en imprenta, Elvira Sastre me escribió sugiriendo que ese título no representaba bien el contenido del libro. Aunque en el texto aparecen aves y piedras, no reflejaba del todo su sentido.
Fue entonces cuando decidí utilizar un verso de la canción Naranjo en flor de los hermanos Expósito, que además aparece citado en el libro. Las aves estaban muy presentes desde el principio. Cuando comienzan a surgir los textos uno nunca sabe exactamente cuándo empieza el libro; primero aparecen notas sueltas. En mi caso, muchas de las primeras observaciones tenían que ver con las aves y con las piedras. No era consciente de cuánto me interesaban hasta que comenzaron a aparecer constantemente en mis notas.
En el libro cuento, por ejemplo, la anécdota del colibrí o la del hornero, un ave típica de las pampas argentinas que construye verdaderas casas de barro, similares al adobe.
Precisamente, en el libro mencionas aves que son autóctonas de tus lugares. Cuando te desplazas encuentras especies distintas, cantos diferentes, y tienes que aprender a reconocerlos.
Exactamente. Para alguien que trabaja con los sonidos, el oído es muy importante. Cuando llegué al pequeño pueblo donde viví, lo primero que percibí fue el cambio en los sonidos de las aves. En Argentina, al despertar, los pájaros son tan ruidosos que resulta imposible ignorarlos. En cambio, en Rupit apenas se escuchaban; sus cantos eran muy suaves y sus colores parecían desvaídos, como si estuvieran mimetizados con la piedra.
Además del tema principal de la migración y el arraigo, en el libro aparecen otros asuntos como la maternidad o los vínculos familiares.
Son temas que me interesan especialmente. A veces pienso que todos tenemos unos pocos temas recurrentes que abordamos desde distintos ángulos sin agotarlos nunca. La maternidad es uno de los míos. Me interesa reflexionar sobre lo que ha significado para mí ser madre y cómo he equilibrado esa experiencia con mi trabajo creativo.
También me interesa la idea de pertenencia. Alguien me dijo una vez que no somos del lugar donde nacemos, sino del lugar donde nacen nuestros hijos. Mi padre, que era italiano, decía que él era argentino porque sus hijos habían nacido en Argentina.
La idea de que una madre se vaya lejos puede interpretarse como un abandono y resulta profundamente contracultural. Sin embargo, también puede ser una forma de encuentro. Cuando una mujer toma una decisión así, transmite un mensaje importante a sus hijos: que puede desarrollarse y crecer sin quedar limitada por su rol maternal.
Otro tema importante del libro es la construcción de nuevos vínculos al llegar a otros lugares.
Sí. Me interesa mucho experimentar. En cierto modo, mi forma de vivir se parece a la de una artista performática: me sitúo en experiencias extremas para comprenderlas mejor. Pasar de Buenos Aires, una ciudad de más de tres millones de habitantes, a un pueblo de cien personas en la montaña catalana fue una experiencia muy intensa.
Allí viví situaciones muy reveladoras: convivir con habitantes cuyas familias llevan generaciones en el mismo lugar, enfrentarse a la dificultad del idioma o descubrir otras formas de relación.
El idioma fue especialmente interesante. Yo no solo estaba en territorio catalán, sino que además hablaba un español distinto. Se produjo una especie de herida idiomática: tanto ellos como yo hablábamos un castellano que en cierto modo ninguno sentía completamente propio. Con el tiempo comprendí que el esfuerzo comunicativo era mutuo.
Todo eso recuerda a otros libros que hablan del tránsito entre lenguas, como Lengua viva, de Polina Panassenko.
Sí, y también me hace pensar en escritores que cambiaron de idioma al emigrar, como Ágota Kristóf, que empezó a escribir en francés después de abandonar Hungría. En cierto sentido, cambiar de lengua puede ser como romper con la lengua materna.
Bibiana Ricciardi es periodista con especialización en dramaturgia, guionista, escritora y artista performática. Fundó y dirigió la señal televisiva de arte Canal (á), para la que realizó distintos documentales con los que ganó cuatro premios Martín Fierro (Argentina). Es autora de las novelas Una mujer corre (2015), Algunas cosas que estuvieron pasando desde que te fuiste (2015), La lista (2017) y Amor distante (2022); y de la crónica Poner el cuerpo (2018). Su trabajo teatral y performático ha sido reconocido con diversas distinciones, incluyendo la Beca del Fondo Nacional de las Artes y el Premio Nacional de Actividades Performáticas en Entornos Virtuales del Instituto Nacional de Teatro (Argentina). Desarrolló y escribió ficciones sonoras, pódcasts y documentales narrativos para plataformas de audio como Podimo, Storytel, Spotify y Planeta Audio, especializándose en contenidos culturales, históricos y sociales. Su pódcast Un disparo ¿o dos?, que dialoga con este libro, ha sido seleccionado para recibir la Ayuda para la promoción al videojuego y al pódcast que otorga el Ministerio de Cultura de España.