En Wishbone (Random House), Laia Jufresa construye dos vidas bifurcadas que se buscan en el tiempo, recorriendo sus huellas, sus decisiones y también aquello que las une de manera inesperada. Dos mujeres que tropiezan con elementos comunes —los amantes, el color, los pulpos, el arte, la maternidad, el desplazamiento— pero que los miran desde lugares diferentes, porque también una vida puede cambiar cuando cambia la mirada sobre aquello que creíamos conocer. La novela propone un viaje de ida y vuelta, un movimiento hacia el pasado que no pretende reconstruir una historia lineal, sino descubrir dónde comienzan las obsesiones, los afectos y las decisiones que terminan bifurcando una existencia. En ese recorrido, el azar y la elección se confunden, y los lugares que habitamos —o aquellos de los que nos alejamos— terminan formando parte de quienes somos. Hablamos con Laia Jufresa sobre desplazamientos y traducciones, sobre maternidad y escritura, sobre el color, los museos y los pulpos, pero también sobre esas pequeñas decisiones que, casi siempre sin que lo sepamos, pueden cambiar el curso de una vida.
Me gustaría explorar la importancia que tienen los lugares dentro de Wishbone, sobre todo porque muchas de las escenas clave están vinculadas a un lugar concreto. Incluso, no sé si podrían haber sucedido en otro sitio. ¿Hasta qué punto ha influido también ese desplazamiento a la hora de escribir?

Es casi imposible entender cómo sería mi vida, para empezar, pero también mi escritura, si me hubiera quedado en un solo lugar. He vivido en siete países y he sido migrante. Fui a Francia por primera vez y, en cómo leo el mundo, en aquello sobre lo que me interesa escribir y también en el tipo de personas que naturalmente me brotan, eso está muy presente. Quizás se ve también en mis trabajos anteriores, donde había personajes que vivían en el mismo lugar toda su vida.
El hecho de que haya tantos idiomas, nacionalidades, etcétera, en los personajes también tiene que ver con eso. Y, respecto a los lugares, para mí es muy importante escribir con un sentido del lugar: no solo de la ciudad o del país, sino incluso de la habitación, del espacio concreto en el que está sucediendo una escena.
Como quizás sabes, desde 2020 dirijo una comunidad para escritoras que se llama Escribir es un lugar. Se llama así porque siempre he pensado que escribir es un acto de teletransportación: irte, consumir contenido, como si estuvieras escribiendo una película, como si el texto estuviera sucediendo frente a ti, en vez de que tú misma tuvieras que estar allí.
En cuanto a las distintas ciudades o lugares del mundo donde sucede el libro, para mí fue algo que surgió de los propios personajes, casi ni siquiera fue una decisión consciente. Lo que sí me doy cuenta retrospectivamente —y que seguramente decidí en algún momento, aunque ya no me acuerdo— es que son todos lugares que yo conocía.
Este libro tenía tantísimas dificultades en términos de trama, de personajes y de estructura, porque hay muchos niveles que sostener, que escoger lugares donde yo hubiera vivido o hubiera estado bastante facilitó ese tránsito de poder transportar esos espacios. No estoy retratando lugares reales, pero estoy trabajando geográficamente con espacios donde he estado mucho y, por tanto, sé que es verosímil que pueda suceder algo así.
¿Cómo eliges el idioma en el que vas a escribir? ¿Es algo que surge de manera natural? ¿Hay textos que requieren un idioma concreto?
Viví en Francia, pero volví a México. Para mí, el proceso de ponerlo todo en un solo idioma es casi más importante que el de encontrarlo. Lo que pasó con Wishbone es que, como ocurrió con Umami o con los libros anteriores, los había escrito en inglés y los había traducido al español, y salían al mundo en español.
Con Wishbone era un libro que, tanto dije: «Bueno, esto ya está en inglés, está en inglés». Y durante todos los años que estuve terminándolo siempre dije: «Yo no lo voy a traducir». Pero al final, cuando ya lo terminé en inglés, probé a traducir el primer capítulo y dije: «Lo tengo que traducir yo». Básicamente, iba a odiar la versión de cualquier otra persona. Y entonces me puse a traducirlo yo.
Fue un proceso un poco distinto, simplemente por el volumen del monstruo.
Hay elementos que se repiten a lo largo del texto, que son recurrentes. Uno de ellos es la referencia continua a la buena y la mala suerte de los personajes y a cómo influye en sus vidas.
¿Tú lo ves medio lleno o lo ves medio vacío? Es el mismo vaso. Es esa cuestión, muy simple pero inagotable, de qué pasa si miramos las cosas de otra manera. Está también el ripple effect, los ecos que va a tener en mi vida el simple hecho de mirar un acontecimiento que me sucedió como algo positivo o más o menos negativo. Incluso cuando hay cosas como la desaparición de las hermanas, que es algo obviamente negativo, ¿qué pasa cuando a eso le vuelves algo sobre tu personalidad?
¿Qué pasa cuando decides: «Yo soy una persona con buena suerte, pero me pasó esta cosa horrible, pero fundamentalmente soy una persona con buena estrella»? O, al revés: «Yo soy una persona con muy mala suerte a la que a veces le pasan cosas buenas». Es como ese juego de que no se trata tanto de lo que pasó, sino de cómo lo miramos.
Y hay momentos clave en la vida que nos bifurcan. Esos momentos que cambian nuestro recorrido.
Totalmente. Sí, es un libro fundamentalmente sobre eso, y se ve desde el epígrafe. Justo hoy estoy revisando la versión en inglés, porque es ese libro americano que sale el mes que entra, pero estoy revisando el de Reino Unido, que sale en abril. Estaba leyendo el primer párrafo del libro, donde el público de ese performance parece congelado y no sabe hacia dónde decidir ir.
Todo el libro, en realidad, trata sobre esas bifurcaciones y sobre cómo, de nuevo, a pesar de que hay cosas que te pasan, hay tanto que tú estás todo el tiempo decidiendo.
Una de las reflexiones fundamentales dentro del libro es también la relación de las mujeres con sus hijos, toda la reflexión sobre la maternidad y cómo sigue influyendo de manera importante en las decisiones que tomamos en nuestras vidas.
Lo que este libro no plantea es «o tienes hijos o tienes una vida profesional», sino más bien una mirada a la complejidad de solo una de esas opciones. Es real que, cuando eliges la maternidad, todas las decisiones de tu vida tienen otro nivel, porque hay otras personas involucradas. Y esa complejidad me resulta interesante: ver cómo la navegan las mujeres de hoy en día, cuando se supone que ya tenemos menos carga y que compartimos más las labores, etcétera.
Yo no quería decir algo en general, sino ver qué le pasaba a esta mujer. Fue interesante para mí poder seguirla durante tanto tiempo y ver cómo, con el paso de los años, la maternidad modificaba su propia vida y sus propias decisiones, pero también cómo la relación con su hija iba cambiando conforme ella volvía a ser más ella misma.
Otro elemento muy recurrente es, evidentemente, el color. Veo detrás de ti, además, esa referencia precisamente al color. ¿Qué importancia tiene el color en tu vida?
Son ese tipo de cosas que consideramos universales y que no lo son para nada, porque son muy culturales y muy personales. Para mí, el color se ha vuelto más interesante conforme pasa el tiempo. Por ejemplo, cuando pinto, si ves mis cuadros ahí en la esquina, siempre son más o menos de los mismos colores. Desde la plástica ha sido interesante para mí ver cómo tengo una paleta muy definida, sin pensarlo, pero que ha surgido así.
Y luego, en la aventura de este libro, como en todos mis procesos de escritura, pensaba que iba a necesitar muchísima más investigación. Me compré un montón de libros sobre el color y al final no leí nada, porque a mí lo que me gusta es escribir, no investigar.
Creo que hay gente que teoriza mucho sobre el color. Yo hice lo que hago siempre: usar elementos para fortalecer mi narrativa y mis personajes. No es un libro sobre el color, sino un libro que usa el color para dar a estos personajes distintas anclas y obsesiones.
Es muy interesante, además, lo de crear un museo del color. Me parece fascinante.
Fue muy divertido. En gran parte era porque yo había pasado por tantas exposiciones, y eso tiene que ver con que mi relación con los museos es mucho más vieja incluso que el tema del color. Yo crecí yendo a museos, y no solo yendo, sino yendo cuando estaban cerrados y pensando en qué era eso, porque en mi casa hablábamos de la posibilidad de crear un espacio así. Obviamente, la única manera en que yo puedo crear un espacio así es inventándolo en un libro, porque nadie me va a dar dinero para hacer un museo.
Fue un proceso precioso, pero también fue muy duro cortar la novela, sobre todo ese capítulo. Era un capítulo que tenía cien páginas y ahora tiene treinta. Fue el capítulo que más corté, porque el primer capítulo tenía que pasar mucho más rápido: teníamos que llegar a presentar a la otra protagonista en el museo. Fue difícil para mí.
En ese museo está esa presencia predominante del pulpo, como elemento que va apareciendo después en la vida de las dos mujeres.
Sí. De nuevo, a mí me encantan los pulpos. Si te enseño mi estudio, vas a ver que hay pequeños pulpos por todos lados. Cuando empiezo un proyecto, empiezo con cosas como el color, los pulpos, y me empiezo a comprar libros pensando que todo eso va a ser muy importante.
Pero, una vez que tienes a los personajes, lo que importa es la historia y la atmósfera emocional, y entonces hay que soltar mucho. También había mucho más, sobre todo en el tema de tener un pulpo como mascota. Eso era algo muy importante en el libro, pero luego se volvía demasiado grande la primera parte y no nos dejaba avanzar en la narrativa.
Entonces tuve que sacar muchísimo. Y lo que queda es como cuando algo te acompaña durante toda la vida. No es que vayas a teorizar sobre ello, sino que queda ahí como pequeños recuerdos. Ahora los pulpos están así en el libro, como algo que es bonito. Lo que es muy hermoso para mí de esta estructura tan única de ir hacia el pasado es que te da la capacidad de mostrar dónde empezó algo, dónde empezó una obsesión, dónde surgió algo que podría haber pasado o que se engancha a nuestro cerebro.
Es fascinante ese ir hacia atrás y que, a la vez, la historia te atrape, porque quieres saber qué pasó antes. Quieres conocer de dónde viene todo esto. ¿Cómo decides esa estructura de caminar al pasado? ¿Eres lectora de libros desde el final?
No, para nada. Odio los spoilers. Yo diría que, al principio, era un libro que se leía por los dos lados. Tuve una beca todo un año para escribirlo así. Estaba en el mar, se me ocurrió, salí y dije: «Wow, esto es súper original». Y luego salí del mar y me acordé de que yo había hecho esto antes en Umami, donde la historia va y viene, va y viene, va y viene, hasta cinco veces. Y no lo había escrito así, lo había escrito todo.
Entonces, como quedaba yo creo una beca, ese era el reto. No sé bien por qué me interesa tanto eso.
Yendo también hacia atrás, vamos a ir al principio. Eliges títulos que tienen mucha fuerza, Umami, Wishbone. ¿Por qué decides este título?
Estos dos libros, también un poco con Veinte, veintiuno, que es un libro que escribí en la pandemia, tienen algo de la atmósfera, la historia, el sabor de un libro. Durante mucho tiempo no sé si pienso necesariamente que eso va a ser el título. Pero con Umami, y también en realidad con Wishbone, dudé mucho más con Wishbone que con Umami, simplemente porque Wishbone me preocupaba. Para empezar, hay muchísimos libros que se llaman así y me preocupaba que sonara infantil.
Con Umami, a pesar de que todo el mundo me decía: «No le puedes poner así, es una palabra horrible, nadie la conoce, no se entiende, nadie lo va a leer», para mí siempre fue: «No, es Umami, es Umami, es Umami». Con Wishbone lo dudé más porque me preocupaba que sonara a libro infantil. Pero, conforme seguí llamándolo así y el término mismo fue adquiriendo tantos significados dentro del libro, eventualmente me di cuenta de que no había manera de llamarlo de otra manera.
Umami se tradujo, creo, a diez idiomas y todos se llaman Umami. Entonces me di cuenta de que quería lo mismo con Wishbone: que, si se traduce a otros idiomas, se llame así siempre.
Me gusta aprender cosas en los libros. Hay mucha gente que no sabía lo que era el umami, pero leyendo la novela aprendió, y con Wishbone creo que pasa tal vez lo mismo. Es una palabra más conocida, pero eventualmente en el libro cobra nuevos significados.
Explica, sintetiza el sentido del libro en una única palabra.
La razón por la que yo llamaba así al proyecto antes de que se llamara así el personaje y muchas otras cosas es que es la estructura del libro.
Laia Jufresa creció en el bosque de la niebla de Veracruz y pasó su adolescencia en París. Cuando en 2001 se mudó a la Ciudad de México descubrió que no sabía cruzar la calle. Desde entonces escribe narrativa. Es autora del libro de cuentos El esquinista, el libro álbum La apuesta y el audiolibro Veinte, veintiuno. Umami fue su primera novela. Se le ha nombrado como uno de los mejores escritores de Latinoamérica (Bogotá39) y de México (Mexico20). Su ficción ha aparecido en Vogue, Words Without Borders y McSweeneys, su no-ficción en El País, Netflix, la BBC. Vive en Edimburgo, Escocia, donde cría una hija, escribe, y dirige Escribir es un lugar, un programa para escritoras hispanas de todo el mundo.